martes, 2 de abril de 2013

Conociendo Lieja

Esa noche teníamos cita en Ramonchamps, un pequeño poblado en la Lorena Francesa.
Salíamos desde Hamburgo en nuestro potente M3. La distancia superaba holgadamente los 800 kms de norte a sur, pero por las fantásticas Autobahns Alemanas en la que uno viaja muy rápido y seguro. Una ruta que había hecho en una docena de oportunidades.

Nunca había estado en Maastrich en Holanda a la que solo conocía por su famoso tratado ni tampoco en Lieja, la única gran ciudad Belga que me quedaba por pisar, situada a sólo media hora de viaje de la última.

Decidimos alargar los kilómetros y viajar cruzando los países bajos, y hacer una parada que nos permitiese recorrer Liège en la Valonia industrial.
La siderurgia hizo que Bélgica sea la segunda potencia económica del mundo más de un siglo atrás hasta que sus fábricas de volvieron obsoletas y la ciudad comenzó una decadencia que solo hoy, que se está re inventando, parece mejorar.
Encontramos Lieja un tanto gris, tal como las otras grandes ciudades de Bélgica, pero con imponentes edificaciones que mostraban la riqueza de otras épocas y cuidados y bellos parques.
Una suave llovizna no ayudaba a darle color al día.La ciudad está apostada en un valle y cortada por el Río Mosa. Del otro lado la vida es un poco más tranquila. Las casas más bajas y el campo esta ahí nomás, a tiro de piedra. La encontramos mucho mas bella de este lado del río.

Luego de recorrer el lado industrioso de la ciudad trabados en el tráfico, cruzando puentes y sin éxito para estacionar el auto, nos decidimos a sacar fotos desde adentro visitando las atracciones que nuestro GPS indicaba con un breve resumen de lo que estábamos mirando. Una maravilla el sistema, si hasta Google tenía, y días mas adelante usaría para conseguir hotel desde el auto una vez que me decidía a parar a dormir.





Volvimos a la paz que encontramos de el otro lado del río Mosa. Estacionamos con facilidad en la puerta de un cementerio y buscamos un lugar en donde comer, mientras íbamos caminando por sus adoquinadas calles en subida.
Aquí casi no pasaban autos y daba la sensación de estar mucho mas lejos de la urbe, parecía  que era domingo a la mañana.

 


La ciudad acababa ahí nomás y una persistente llovizna nos apuró al auto. Nos quedaban casi 400 kms que hicimos a altas velocidades mientras los radares Franceses disparaban inútiles fotos a nuestro bólido de patente alemana. Multas que nunca llegaran pues los teutones y los galos no han llegado a un acuerdo sobre como cobrarlas.
Subiendo por las laderas montañosas de los Vosgos por el cantón de Le Thilot por una carretera de un carril en la que parecía que los árboles se te venían encima en una noche cerrada con la sola luz de mis faros de xenón. Como siempre en Europa, un placer manejar.
Finalmente llegamos a la casa en donde nos esperaban.

Esa noche en Ramonchamps nos la pasamos comiendo animadamente la más rica Raclette que alguna vez haya probado y fue además una introducción a los vinos de Alsacia, región que días más tarde recorreríamos.