miércoles, 10 de abril de 2013

Esquivando charcos en Phnom Penh

Eramos pocos en el avión. Una docena de personas quizás. Las azafatas con coloridos uniformes y una permanente sonrisa de dientes blanqueados en algún mall de Miami.
Venía de Kuala Lumpur en un vuelo de Malaysia Airlines.
Desde mi ventana ya apreciaba los ríos serpenteantes y un matiz todo verde salpicado cada tanto por algún conjunto de casas.
Estaba llegando a Camboya!

Rápido aterrizaje y un minuto después estábamos todos en tierra firme.

La primera impresión fue la de encontrarme un aeropuerto muy chico y modesto para una capital. Un cajero automático (de los pocos en la ciudad) y no mucho más. Se veía un Duty Free Shop pero estaba cerrado por refacciones.

Tras pagar unos USD20 de visado por un mes, hacer cinco trámites diferentes mientras veía como mi pasaporte pasaba de mano en mano, me enfrente, una vez fuera, al calor agobiante del lugar. El viento era caliente y el polvo ya se quería meter en mi boca semi abierta.
Llevaba varias ropas de más en mi afán de no pagar exceso de equipaje.

Sabía que Phnom Penh podía ser todo un desafio para los sentidos, decadente, sucia, marginal, deficiente e incluso peligrosa. Quería exponerme a eso.

La ciudad está cerca y bien conectada con el aeropuerto. Por unos pocos Dólares tomé un taxi de tarifa fija y fuí hablando en Inglés con el conductor hasta el hotel que previamente había reservado no muy lejos de las primeras atracciones que quería visitar.
Guardé el número de teléfono del taxista, ya que se ofrecía para solucionar todos los problemas (como todos en Camboya), subí unos escalones pronunciados y ya estaba dentro el hotel. Rápido check in, y subí para acomodar mis cosas en el cuarto ya que pasaría varios días allí.
El piso estaba pegote. Yo también. Rápida ducha y a las calles.
Tenía gran expectativa sobre Phnom Penh. No por lo que había leído sino por que la lógica me lo indicaba por posición geográfica y la riqueza de su pasado.

Por lo poco que había visto no estaba a la altura de mis expectativas. Era obvio que la guerra y la revolución del nefasto Khmer Rouge habían impactado muchísimo en lo que alguna vez fue una de las ciudades mas bellas del continente asiático.
Todo estaba construido a la ligera sin respetar ley urbanística alguna y había basura por doquier.

Descendí sobre la calle y un aluvión de choferes de Tuk Tuk´s se abalanzaron sobre mí para ofrecerme sus servicios. Que no, que no, que gracias pero no.

Sir, want a Tuk Tuk? Sir, sir.

Escapé a contramano del asedio, traté de memorizar el nombre de la calle donde estaba el hotel, pero la olvidé segundos más tarde. De todos modos, por el sistema que dejaron los Franceses parecido al de New York, tendría que ser fácil moverse por sus calles, y lo es, salvo por el sistema de numeración que carece de toda lógica. Al parecer la gente elige que número ponerle a su casa basado en alguna superstición, y cada uno pone el que quiere, repitiéndose incluso en las mismas cuadras.

Esquivando algunos charcos y alternando mi caminar entre calle y vereda (cuando había) me sentía muy afortunado de caminar en una ciudad como Phnom Penh en plena libertad, pues andaba solo y con la incertidumbre de que tenía guardado para mí este lugar, que por lo pronto no era como me lo había imaginado.

Tras caminar unas decenas de cuadras llegué a una gran vía de varios carriles. Venía colgado en mi mundo y era necesaria toda mi atención para cruzar, pues en Phnom Penh, el tráfico es suicida.

Monjes con sus túnicas naranjas se confundían entre el mar de motos ruidosas y la gente iba y venía en todas las direcciones. Es verdad todo lo que había leído. Es una masa humana de gente joven. Es difícil encontrarse con ancianos. Falta toda una generación de personas.

Cuerpos diezmados por las minas que uno iba casi tropezando mientras caminaba, son moneda corriente en las calles de Phnom Penh. El horror a simple vista. Dos o tres personas por día son mutilados por las explosiones de minas sembradas sin control alguno aún en nuestros días. En su mayoría son niños. Hay 26 amputados por cada 10.000 personas.
El costo para extraerlas es altísimo y por ello quedan enormes zonas por las que no se puede transitar ni trabajar la tierra, pese a los enormes esfuerzos de distintos grupos y organismos por encontrarlas y desactivarlas.

Así y todo, aunque no pueda esconder sus cicatrices, el Camboyano siempre sonríe. Su gente es optimista, es feliz. Sabe que solo pueden llegar mejores momentos, y además no necesita tanto.

El viento seguía caliente y me econtró un Tuk Tuk driver, que me reconoció del hotel. Para ese entonces ya ni sabía donde estaba parado por lo que aproveché su ofrecimiento para volver.

Me subí cómodo, hablé un rato con el mediante señas y unas pocas palabras en Inglés y a lo indio y me deje llevar mientras descansaba de mi primer caminata.

Media hora más tarde comenzaba a oscurecer. Era mi primera noche en la ciudad y me daba un poco de miedo salir esa primera noche, así que decidí guardarme en mi hotel para preparar mi día siguiente.

Estaba exhultante.

Comí en el mismo hotel una serie de platillos diferentes de la sabrosa comida Camboyana, tan diferente  a la de sus vecinos aunque muchos de esos platos lleven los mismos ingredientes. Acompañe la comida con una o dos cervezas Angkor. Ya empezaba a ver la industria nacional cuando para abrirla tuve que arrancar una tapa metálica como esas que vienen abajo de la tapa de los jugos como para garantizar la inviolabilidad del producto. Muy berreta.

No quería  acostarme tarde, haciendo zapping mientras trataba de encontrar algo en la televisión que no estuviera en Koreano, Ruso o Camboyano me fui entregando al sueño.


Una ventana de mi cuarto mostraba un sinfín de techos con chapas apiladas una sobre otras. No se veían pulmones en esas manzanas. Los gatos caminaban por ahí, y el aire pesado y pegajoso se colaba por mi ventana.
Desayuné liviano y caminé hasta el Palacio Real. Me parecía un buen lugar para empezar.
Cuando llegué estaba cerrado por unas horas así que continué mi caminata por esa misma avenida por un par de horas en dirección contraria a la que había hecho el día anterior.

La gente se abalanza a pedir algo, especialmente los niños. En Camboya se ven muchos menores de edad trabajando, probablemente para un mayor que se encuentra en las cercanías. Están vendiendo flores a la noche y porquerías durante el día. No me gusta darle plata cuando conozco el trasfondo, y además es difícil calcular cuanto dar en Riels ya que la mayoría de los billetes alcanza para nada, así que dos o tres veces cuando me pedían, invitaba a los niños a comer, y hasta me han rechazado la invitación.

Al volver hacia el lado contrario al sol encontré que el palacio ya estaba abierto así que entre.
El Palacio real es un complejo de construcciones, muchas de las cuales están cerradas al público.
Los jardines son muy lindos y están muy cuidados. Ofrecen un gran lugar para relajarse a la sombra de un árbol y ver la poca gente pasar en un entorno de paz.
Hay un museo que esta bastante bien, una maqueta hecha de piedra de los templos de Angkor Wat, que me quede mirando pues los visitaría algunos días más tarde. Los jardines muy cuidados son demarcados con ligustros de variadas y atrevidas formas.
Es bastante parecido al Palacio Real de Bangkok, pero menos espectacular, de menor tamaño y ciertamente con una milésima de visitantes.
 

 

 
Allí está la pagoda de plata, cuyo piso está recubierto con mas de 5000 baldosas de plata, aunque la alfombra que lo cubre casi no nos deja apreciarlo. Adentro, mientras caminamos sin zapatos podemos admirar una colección de objetos Budistas y regalos de todos los confines del mundo y hacerle una ofrenda al Buda Esmeralda.

Es un lindo lugar para pasar un rato y apreciar la arquitectura Khmer en su máximo esplendor. Quizás, si te va la onda, prenderle un sahumerio a Buda y pensar un rato.

 
Cerca de allí esta el Museo Nacional. Lindo edificio y la más extensa colección de arte Khmer en el mundo. Interesante y la temperatura estaba mas agradable que afuera, que es cosa seria.

Estos dos programas ya me habían consumido el día. Caminé un rato por la cuidada costanera viendo como trabajaban juntos los pescadores desde pequeños barcos y me senté en un muy lindo lugar contra el río mientras tomaba unas cervezas y probaba el Carpaccio de Bufalo y un pescado que, según me dijeron, solo vive en las aguas del Tonle Sap.

Mientras el sol a mis espaldas se iba escondiendo en las aguas marrones.
Cuenta la historia que en una mujer llamada Penh encontró  unas estatuas de Buda que habrían llegado allí por el río Mekong. Como respeto a este acontecimiento construyó un santuario en una colina (Phnom) cercana, que tiene 27 mts de altura y resulta la única del lugar. La ciudad fue creciendo y se la conocía como Phnom Penh, o ¨La colina de Penh¨.
Hoy el sitio alberga uno de sus templos mas importantes y famosos, aunque debo admitir que no me pareció nada de otro mundo, aunque por lo menos hay un cierto ambiente agradable.
Sus calles me parecieron mas lindas que la del centro así que pasee por ellas y volví caminando por la costanera con el río como testigo.
La Sisowath Quay, o Riverside, como se conoce a la calle, ha recibido mucho amor e importantes obras para embellecer la costanera en un esfuerzo un tanto lento por mejorar la calidad de vida de los residentes y darle puesta en valor a la ciudad.

Nunca pude retirar efectivo de ningún ATM. Por suerte es un país barato y pude arreglarmelas con los Dólares que llevaba encima, y que oficia casi como la verdadera moneda en Camboya.

Miraba los barcos pasar ya con ganas de estar sentado en sus terrazas cuando la chillona voz de otro Tuk Tuk driver me ofrecía todo tipo de cosas.

Want Tuk Tuk? Sir!
Want Boom Boom? very young. Very young.
Sir,sir!
Want Gaan Chah? (marijuana)

Debe ser de los pocos países donde el ingrediente más caro es el papel importado.
Hay una gran cantidad de Vietnamitas viviendo en palafitos sobre al agua y en varios sectores de la ciudad. En su mayoría son muy pobres y viven en la marginalidad absoluta o ejerciendo la prostitución desde las mas tiernas edades, y parece que por el resto de su vida, ya que hay una cantidad enorme de prostitutas vietnamitas.

En esta foto vemos una típica familia de pescadores trabajando en equipo en una de las aguas más fértiles del planeta.
Mi hotel estaba a unas pocas cuadras de este enorme edificio Art Deco que luego descubrí no era otra cosa que el mercado central. De proporciones gigantes, esta brillantemente ventilado.
Psar Thmei está estratégicamente ubicado en la intesección de las más importantes avenidas. Está sin duda orientado al turista con sus negocios de ventas de estatuas y las mismas remeras que venden en todos los mercados de Asia, pero más aquí son mas baratas.
De cualquier manera funciona como un mercado real aunque para los locales sea un poco mas caro que otros.
La visita vale la pena más que nada por el edificio, ya que como shopping destination es mucho mejor el mercado de Psar Tom Pong, conocido por todos como ¨El mercado Ruso¨. Aquí si que se encuentra de todo y a los precios casi ridículos.

Por suerte, digo para los que nos gustan los mercados, hay muchos diseminados a lo largo y ancho de la ciudad, aunque muchos son bastante repulsivos con cabezas de pescado pudriéndose al sol, carnes llenas de moscas apoyadas sobre papel de diario y mucha basura que se va juntando más rápido de lo que se la llevan, y montañas de durián.. Mayoritariamente estos mercados solo venden comida.

Parece increíble lo devastada que quedo la ciudad, corazón de un imperio tan poderoso que supo ver la mas grande gloria antes de entrar en una decadencia que había llegado para quedarse.
El imperio Khmer comprendía no solo a Camboya, si no a sus vecinos Tailandia, Vietnam y Laos y poseía además partes de Birmania y Malasia como vemos en el mapa a continuación.
Me cruce con muy pocos turistas aunque hice todo lo posible para evitarlos ya que me encontraba en unos días de introspección absoluta.

Me daba asco ver a algunos viejos americanos que se paseaban con niños de ambos sexos a la vista de todos. La pedofilia y la prostitución infantil son un gran problema en Camboya, aunque también se hace presente en otros países tan pobres, donde son los mismos padres los que venden a sus hijos a mafias que operan en el país.
Verdad que soy hombre y estaba viajando solo, pero me llovían las ofertas por sexo, y siempre aparecía al final la palabra ¨young¨. Evidentemente hay un mercado grande para esta práctica y todo el país lo sabe y promociona. Incluso en el hotel me lo han ofrecido desde la misma recepción.

Ya me daba verguenza caminar y que alguien pudiera pensar que para eso había venido yo hasta aquí.
Duro. Chocante. Agresivo. Más cuando uno lo ve con sus propios ojos.

Por suerte hay muchos países que castigan a sus ciudadanos con altas penas en sus países de origen y se está haciendo un aparente y poco efectivo trabajo de control por parte de las autoridades.

Pero la prostitución va más allá. Todos venden sus cuerpos. Todos encuentran una oportunidad para ganar algo de plata. Ya sea mediante el oficio mas antiguo, o repartiendo masajes que culminan felizmente. Están en todos lados multiplicándose por doquier.
Los próximos y últimos días los dediqué a recorrer dos lugares espeluznantes. De esos lugares que detesto conocer pero a veces hacen a la historia misma del lugar y su visita nos hace sentir y entender más la historia.

Respiré profundo. Había estado evitando toda la semana esta dos visitas.

El 17 de abril de 1975 las tropas del Khmer Rouge lideradas por Pol Pot tomaron la ciudad de Phnom Penh. Fueron bien recibidos por la población que creía que pondrían fin a la guerra y establecerían nuevamente la monarquía ya que la familia de Pol Pot tenía una muy buena relación con la casa real.
No tenían la menor idea del terror que les esperaba que escribirían la más oscura y sangrienta historia de su país. No esperaban semejante traición a sus valores mas puros.
Cientos de miles habían muerto años antes por las bombas que tiraban los Americanos en su lucha contra los comunistas insurgentes de Vietnam, y que habían obligado a Camboya a tomar partido. La gente ansiaba desesperada la paz.

A las 10 AM el patriarca Budista Samdech Sangh Hout That dijo:
¨ La guerra se termino. Estamos entre hermanos. Bienvenidos a casa ¨.

Al mediodía de ese mismo día los habitantes fueron instados a abandonar la ciudad ante un inminente ataque aéreo Americano. Debían retirarse de la ciudad y regresar a los dos o tres días. Eso nunca sucedió. La gente nunca pudo volver a sus casas o juntarse con sus pertenencias.

Apenas tomada Phnom Penh, el régimen de Pol Pot declaró el ¨Año zero¨ y obligó a todos los residentes de la ciudad a migrar al campo a trabajar en labores agrarios y dejando la ciudad reservada para los hombres del ejército y algunos pocos fieles que se encargaron de borrar cualquier huella de su pasado, cualquier trazo occidental. Cualquier huella de un pasado.

Cerraron los templos, también las escuelas. Cerraron las embajadas y fueron expulsados todos los extranjeros. Los más pudientes pudieron emigrar a algún país vecino o a Estados Unidos o Francia.
Se abolió la propiedad privada y se comenzó con el adoctrinamiento más fatal. El lavado de cerebro era tal que los niños denunciaban a sus propios padres.
Las familias eran separadas, y quienes no murieron por la hambruna fueron asesinados por pensar diferente, o simplemente por actitud sospechosa.

El año zero pretendía volver a comenzar con la civilización humana sustentado por una radical revolución agraria. Querían llevar al país nuevamente a la edad de piedra.

Hoy es difícil encontrar en Nom Pen alguien cuya familia sea de la ciudad. Todos vienen de las provincias. Todos vienen del campo.

Durante los casi 4 años que duraron en el poder los Khmer Rouge intentando su revolución Maoísta en la que el país iba a ser completamente auto suficiente y cerrado al resto del mundo, murieron entre dos y tres millones de Camboyanos. Un genocidio que se llevó al 30% de su población total.


Arreglé una tarifa con un conductor de Tuk Tuk que me llevaría unos 15 o 2o kms hasta Choeung Ek Memorial y más tarde, el mismo día a la ex prisión conocida como S 21.

Si bien los Camboyanos te alientan para conocer estos dos lugares ¨Para que no vuelva a ocurrir nunca mas ¨ , ya no me sentía cómodo y contento con la idea de hacer de estas visitas un programa o atracción turística, pero ya estábamos en camino.

No crucé palabra con mi  Chauffeur personal y llegué a mi primer parada.

Una Stupa Budista estaba llena de cráneos humanos. Ya había visto las fotos, si, pero verlo en vivo me puso profundamente triste.
El silencio más absoluto reinaba en el lugar. Los pocos visitantes nos esquivábamos las miradas sin saber mucho que decir o hacer ante estos hechos que nos avergüenzan como humanos.

Aquí encontraron más de 8000 cadáveres cuando cayeron los Khmer. La mayoría eran de presos políticos. El paranoico sistema estaba siempre buscando ¨El enemigo interno ¨.
En los alrededores del lugar hay fosas comunes y se adivinan huesos mal enterrados. Nunca sabremos de quienes son.

Like? Like?
Me preguntaba el conductor.
No. La verdad que no me gustó.

Como para ¨enriquecer¨ y redondear el programa seguimos a la vieja escuela convertida en prisión.
S 21 es solo uno de los muchos centros de detención que tuvo el régimen.
Todos los cuartos fueron achicados para crear muchos pequeños ambientes en donde se torturaba e interrogaba a los miles que por aquí pasaron.
Los pasillos son largos, las ventanas están doblemente enrejadas y una sensación de claustrofobia acompaña nuestro malestar mientras vamos recorriendo el tétrico lugar.

Cientos de fotografías de quienes pasaron y murieron allí son expuestas. Uno les mira la cara como queriendo saber un poco más de sus vidas. Hay mujeres, ancianos, jóvenes, locos ...Algunos con el alma vacía ya sabiendo sus destinos. Otros guardan un dejo de fe en sus ojos.

Con los peores métodos de tortura la gente iba confesando cualquier cosa que el Khmer quería escuchar con tal de no morir. Los mataban de todos modos, ahogados o apaleados contra un árbol ya que ni una mísera bala valían.

Se estima que más de 17.000 personas pasaron por Tuol Sleng. Solo siete pudieron sobrevivir. Siete. Lo lograron pues les eran útiles a los oficiales cubriendo ciertas tareas para ellos como pintar oficiales o arreglar las tuberías.

El lugar me afectó y mucho. Los audios que uno va escuchando así lo pretenden y vaya que lo han logrado. Es imposible salir de ahí y olvidar lo visto y vivido.

Ya había tenido suficiente de Phnom Penh. Ya no quería estar allí.

Al día siguiente recorrería los 314 kms que separan la capital de la ciudad de Siem Reap. Otra Camboya, mucho más linda, viva e interesante me esperaba. Otro mundo.