viernes, 1 de noviembre de 2013

Un comienzo imperfecto en Jamaica

Cuando me desperté esa mañana en South Beach, una hora antes del check-out del hotel, todavía no sabía que iba a hacer. Esa noche era Halloween y todo Miami estaba vestido para la ocasión. Encontrar un hotel y diversión iba a ser fácil, pero ya llevaba algunos días ahí, y es un lugar al que vuelvo todos los años.

En un rapto de astucia, reserve un pasaje y en menos de diez minutos estaba arriba de un taxi camino al aeropuerto para irme a Jamaica.

Todos los empleados del aeropuerto estaban disfrazados, y cuando llegue al mostrador de American Airlines me encontré además con que el precio de mi pasaje estaba rebajado unos cientos de Dólares. El día había empezado bien.

Me toco asiento sobre el pasillo y al lado de una vieja ultra inquieta y de malos modales que comía de una bolsa uvas. Cuando hubo terminado, comenzó a comer con dos dedos una torta con crema, y cada tanto mordía pedazos de panceta, que guardaba con las uvas y la torta. Sin disimular limpiaba sus dedos bajo el asiento mientras se echaba para adelante.
Nos dieron para llenar un formulario, en el que llene todos los casilleros menos el del lugar en donde me iba a quedar, pues no contaba con reserva alguna, y mi idea era visitar un par de hoteles a ver cual me gustaba, pero aún no sabía a donde.

Cuando me estaba quedando dormido, tocamos pista. Llegamos a Kingston, la capital de Jamaica.

En la cola de migraciones una empleada me advirtió sobre mi lugar de alojamiento, por lo que hice que miraba el teléfono, pense en la ciudad con los mejores alojamientos y como no conocía dirección alguna puse Hilton Montego Bay.
Cuando llegue a ventana, la oficial desconfió de mi Hilton, y como nadie lo conocía, me pidió que lo comprobara. Uh, que rompepelotas!
Por supuesto que no podía comprobarlo. Como no podía abrir el inexistente mail en mi teléfono, me llevaron a un cuarto en donde me prestaron una computadora con las letras del teclado muy gastadas (no debo haber sido el único),  desde ahí reserve  rápidamente un hotel, obligadamente en Montego Bay, pues allí dije que iba. 4 estrellas, wi-fi y estacionamiento. Ni miré y anote los datos que me eran requeridos. Para ese momento no quedaba nadie en el aeropuerto, así que fui en búsqueda de mi valija abandonada, y me presente nuevamente en migraciones que me dejo pasar. Rayos X a la valija y me acerco, ya pronto para irme, a la zona de alquileres de autos. Me hago de un Toyota Corolla en una de las grandes agencias y voy a la competencia para alquilar un equipo de GPS sabiendo que en las rutas iba a haber poca información.

Volante a la derecha otra vez, y a manejar por la izquierda, solo que aquí los conductores son suicidas y te pasan por ambos costados mordiendo banquina, cuando hay.

Tras salir de Kingston y tomar la que debe ser la mejor ruta de Jamaica, erré mi salida y el GPS me pidió seguir por 16 millas. Lamentablemente, nunca pude subirme nuevamente al autopista, y me toco cruzar cientos de barrios, siempre por zona urbana, que me obligaba ir atento a la gente, a las cabras, y a los enormes pozos tapados por agua.

No tarde en darme cuenta la insólita cantidad de perros muertos que hay sobre las carreteras de Jamaica. Hay que manejar aquí muy atento pues el peligro es constante. Las rutas son de un angosto carril por mano y no hay banquinas que dejen lugar a errores. Las ramas de los arboles invaden las vías y van sopapeando el vehículo, que ahora entendí por que esta todo rayado.

A medida que iba adentrando en la isla, cruzando las montañas, la vegetación era tan cerrada que a las 5 de la tarde ya no veía nada. El olor a hojas quemadas se metía en mi habitáculo, y cada tanto había que frenar en los puentes cuyo ancho es para un solo vehículo.

Cuando comenzó a llover descubrí que mi limpia parabrisas poco agua barría, y tras un  millar de curvas y contracurvas, subidas, bajadas, logre llegar a mi puto hotel de Mobay, como le dicen los locales a Montego Bay. Ya era de noche y había aterrizado a las 12 del mediodía.
Me dieron un cuarto cómodo pero feo, con vista al mar y al... ¿Que es eso? el aeropuerto.... Lo que es hacer las cosas a las apuradas. Kilómetros de playa, y mi hotel frente al aeropuerto. Tampoco andaba el Wi Fi y era el único huésped. No que me importase.

- "Mester", me dice el recepcionista, - "Wot yu waneat? Got Chicken, got pork ... Yu sayme. I bring yu".
"Whaarels u wat, eh? "- guiñó su ojo tres o cuatro veces.

Para no seguir hablando elegí pollo, y como la oferta era tan variada, pedí pure de papas. Me recomendo en cambio acompañarlo con porotos. Whatever, dale. Que sean porotos entonces.

A los 40 minutos me tocan la puerta para avisar que no iba a poder comer. O.K. Que te parió. Voy a seguir aplastando bichitos contra la mesa, entonces.

A los cinco minutos vuelven a tocar la puerta. ¿Ahora que?
Cuando abro me encuentro con una señorita ancha y de enormes y sugestivos pechos que casi colgaban por fuera de su blusa.

- "Heybabe wotyadoing?"
Yo no entendía nada. Me habían mandado una puta al cuarto.
Le di USD 10 y la mande de vuelta.

Regule el aire acondicionado y agarre mi libro de Paul Theroux (The lower river). No lo quería terminar. Preferí dormir.
La tecla de la luz nunca la pude encontrar, por lo que dormí con la luz prendida, y ahora les escribo con la luz apagada, pues sigo sin encontrarla.

No pude hallar a la mañana siguiente un lugar en donde desayunar. Ya probando en las estaciones de servicio pase por al lado de dos tipos y al segundo se estaban matando a golpes, y solo eran las ocho de la mañana.

Conseguí mi desayuno y creo que a partir de ahí todo empezó a mejorar, salvo por el abejorro que se metió en mi auto y que me obligo a frenar para que salga, algunas picadura de hormigas coloradas y dos o tres resbalones , por que aquí llueve todos los días pero los pisos son patinosos.
Pero en este post solo hay lugar para la queja, si no le tengo que cambiar el título.