miércoles, 25 de febrero de 2015

Campo de Piedra Pómez y el camino a Las papas (Día 7)

Despertar en Antofagasta de la Sierra siempre es un placer pues es un destino de aventuras. Ese día nos permitimos dormir un poco mas de la cuenta luego de la larga jornada del día anterior y los vinos que corrieron mientras comíamos el espectacular corderito con el que el Tano Baldi nos agasajó en Hostería Incahuasi.  Por suerte no fui el último en levantarme, aunque eso creí mientras mis ojos foto sensibles trataban de adaptarse al fuerte sol de la mañana.
No podíamos salir tan temprano. Debíamos hacernos de combustible, y yo de una gomería en donde arreglar con un doble parche mi séptima cubierta pinchada, y que luego volvería a pinchar.

Nos despedimos de Gastón y el Tano agradeciendo su impecable hospitalidad, y también de Sandra y de Omar quienes volvían a su casa en Tucumán, y nos habían acompañado los dos últimos días.

Tomamos dirección sur y no tardamos en salirnos del camino que es por donde mas nos gusta andar. Fuimos entonces cruzando toda la bella depresión del Campo de Carachi Pampa, una pampa de altura rodeada por volcanes que se ven pequeños, pero no lo son.
En el campo de escorial se circula por la gran cantidad de lava renegrida expelida por los volcanes cercanos. Nos vamos alejando de Antofagasta de la Sierra internándonos en los dominios de una de las zonas mas remotas y acaso bellas del planeta.

A nuestra derecha vemos que se ha formado una vega en el Salar Carachi Pampa cuyos bordes ahora muestran un insólito verde.
Esta zona nos muestra un vulcanismo joven (o mas reciente) formado por los conos de basalto que rodean el área, y que nos regala ese color negro tan característico que se aprecia en los suelos.
Tras una breve parada técnica en donde evaluamos algunas posibilidades de la ruta a seguir, llegamos al apenas conocido lado oeste del Campo de Piedra Pómez, un paisaje como salido de otro planeta formado tras la potente explosión de la caldera del cercano Cerro Blanco, a quien le debemos la constitución de este peculiar y magnífico destino que semeja a la luna. 
Había visitado otra porción, la mas "turística" de este lugar en mi anterior visita a Antofagasta de la Sierra. Aquella vez saliendo desde El Peñon.  Poder conocer este otro sector me ponía muy feliz, amén de que el Campo de Piedra Pómez es uno de esos lugares que con gusto se vuelve a visitar.
En la roca se ven los orificios producidos por el escape de gases durante el enfriamiento
Nos movíamos tratando de pisar siempre la piedra caliza a modo de evitar huellas inútiles en la arena, y tras colocar las camionetas en poses fotogénicas nos dispusimos a caminar por el sitio.
El día estaba de lo mas agradable. Ideal para acompañar este paisaje que por su calidad, no tengo dudas, no tardará en convertirse en un espacio protegido. Pero claro. Llegar no es del todo fácil.
Andyman, un tipo al que quiero mucho
Las vistas desde lo alto nos permiten ver la enormidad de este campo de rocas blancas, ocres y rosas. Pensar que en antaño era cuatro veces mas grande, pero sus partes mas bajas quedaron sepultadas bajo un grueso manto de cenizas.
Coincidimos en la idea de pasar una noche de luna llena en la inmensidad blanca de estas formaciones. No tengo duda de que lo vamos a hacer realidad en algunas de las próximas visitas a esta región que nos fascina y encanta.
A Denis siempre se lo ve trepando o bajando en busca de las mejores fotos 
Hubiéramos pasado mas tiempo entre los merengues, pero el camino era largo y aún había que sortear los extensos arenales y un camino por el que hay que cruzar ríos mas de 80 veces. Además no habíamos podido dar con información certera sobre el estado de crecida de dichos ríos, y retroceder a esa altura ya no era una opción.

Continuamos nuestro camino en sentido oeste buscando el cráter del Cerro Blanco, que tiene un diámetro de 5 kilómetros y a la postre resulto un fantástico mirador natural para nuestro almuerzo. El viento soplaba muy fuerte y nadie quería comer arena, por lo que cada uno comió lo que pudo dentro de los vehículos, extrañando las maravillas que Andy sabe sacar de su infinita heladera.

Tras terminar de comer y antes de que nos agarre la modorra post ingestión, dimos marcha a nuestros bólidos y nos tiramos adentro de la caldera del volcán. Una vez dentro circulamos por ella. Yo no sabía si íbamos a poder salir, pero confiaba en "El Señor de los Mapas", gran conocedor de esta orografía, pero también un temerario amante de la adrenalina. Efectivamente nos hizo salir de la caldera por uno de sus lados mas gentiles. Bordeamos entonces  un costado del Cerro Blanco, que es en realidad un volcán.

Ahora si venían los arenales. Los primeros kilómetros los hicimos a fuerza de motor y una vez que las piedras habían desaparecido de la superficie dejándole lugar solo a la arena (ceniza volcánica) nos dispusimos a sacarle varias libras de aire a cada uno de nuestros neumáticos para hacer mas fácil el avance en las blandas arenas.
Yo venía muy susceptible con el tema de mis cubiertas. Haber pinchado tantas veces me daba inseguridad y no quería arriesgar a desbandar un neumático, por lo que no desinflé tanto.

Luego de andar varios kilómetros apareció algo parecido a un mar congelado de arena. Es como que las olas de un mar imaginario habían quedado petrificadas.
Navegando las olas fuimos subiendo y bajando una por una sin poder tomar velocidad pues sus cortes eran abruptos y nos hacían saltar las cosas del baúl, pero sin ir tan despacio a modo de no correr el riesgo de quedar colgados del ángulo ventral de nuestros vehículos.
Un paraíso para los amantes del off road en un entorno inmejorable para quienes gustamos de los lugares remotos y desérticos.

Mientras bajo y subo las olas tengo el constante ruido de una de mis gomas chocando contra los plásticos sueltos de mi guardabarros, previamente precintados por quien escribe. Tambien de la arena puliendo los bajos de mi camioneta y del viento acariciando las chapas.
En algunos lugares de Argentina venden botellas plásticas de Coca-Cola de 3 litros. Llevaba una de esas acomodada entre las cosas del baúl cuando de golpe estalló haciendo un enchastre en todo mi interior y empapando algunas de mis ropas que siempre llevo sueltas en la camioneta. Los continuos saltos de mis pesados bártulos, sumados a la presión atmosferica producto de los 4.000 metros de altura por donde andábamos circulando, hicieron que el resto de mi viaje tenga olor a cola. 

Así, perdiendo velocidad y tratando de controlar los saltos de mi carga, la fina arena supo detenerme. 
Levantando la patita para hacer pipí
Tenía pala, las planchas de desatasco plásticas (ideales para la arena) y hasta un ancla para el malacate que hubiera sido inútil en este lugar. Pero también tenía una linga que ya tenía atada a la parte trasera de la camioneta para cuando llegó la Toyota Land Cruiser de Andy a pegarme ese pequeño estirón hacia atrás que me desencajase de una de esas miles de olas de arena que hacen ese paisaje tan particular y que parecían no terminar jamás. 
Cuando se acabo el sector de las olas y volvimos a la arena "plana" sentía una sensación parecida a cuando se vuelve al asfalto tras muchos kilómetros por fuera del camino. Placer puro.
Tengo en mis oídos arena como para hacer un castillo, y mi dedo índice solo consigue hundirla mas y cementarla a mi pabellón auditivo.
Ahora que habíamos sorteado los eternos arenales, la "preocupación" era esa tormenta que se avecinaba. La misma tormenta a la que veníamos esquivando hace varios días, aunque nos agarró en Cusi-Cusi, y también en Susques, la noche previa al paso del Rally Dakar por dicha localidad.
Hacia allá mismo nos dirigíamos. Justo abajo de la tormenta y sin saber cuan crecidos estaban los ríos que debíamos cruzar, ni como podía afectar la lluvia la crecida de agua en el cauce de los mismos.
En el fondo nos divierte esta posibilidad aunque sabemos que no tenemos margen de error. La tormenta y la lluvia pueden ser jodidas en la Puna, y el día se acercaba a su fin.
Estamos transitando el límite entre los departamentos de Antofagasta de la Sierra y Tinogasta, en la provincia de Catamarca. A nuestro frente se presenta la Cordillera de San Buenaventura. Este cordón montañoso corre en forma transversal a la Cordillera de los Andes, algo que resulta excepcional en la región. Oficia de límite austral de la Puna.
Cordillera de SanBuenaventura
Este paso del altiplano a la pre-puna se evidencia con los primeros verdes que tapizan cerros y valles donde desde el vamos se adivinan ríos cruzando esta orografía menos extrema. Además se ven nubes negras que prometen lluvia, algo que rara vez sucede del otro lado.
Las formas geológicas que se van viendo desde la huella son muy bellas y cambiantes. Se nota que sufren la erosión del viento y del agua.
Estamos cruzando la Sierra de San Buenaventura y abandonando el altiplano. En pocos kilómetros casi todo será barranca abajo. Descenderemos varios miles de metros.
Serpenteando la sierra nos vamos acercando a la pequeña localidad de Las Papas, en donde habita un puñado de familias que viven gran parte del año incomunicados del resto de la provincia.
Subia el termometro exterior de mi camioneta y caían las primeras gotas de lluvia cuando divisamos a lo lejos el pequeño poblado.
Las Papas
Hacían aparición los primeros cortes de agua. Cruzamos por lo menos 3 ríos antes de llegar al caserío.
En Las Papas nos detuvimos a charlar un rato con sus pobladores, y aunque nos hubiera encantado compartir mas tiempo, el sol ya se estaba escondiendo atrás de los cerros, y aún nos quedaba sortear los numerosos cortes de agua que nos separaban del norte de la ciudad de Fiambalá.
Desde Las Papas  el "camino" se recorre en gran parte por el lecho mismo del río si es que las crecidas lo permiten. Por lo menos 20 kilómetros en los que estamos encajonados entre las bellas sierras.
Las formaciones a diestra y siniestra nos siguen fascinando, mostrando paisajes muy diferentes a los que estuvimos viendo durante toda la semana en nuestra querida Puna.
Son mas de 80 las veces que hay que cruzar este río, y cada vez el agua presentaba mayor profundidad, aunque nunca llegó a ser un factor de preocupación, ni obstáculo para las camionetas. Pero lo notábamos con cada cruce y no sabíamos si íbamos a salir secos y sin problemas.
Espectacular el recorrido. El suelo casi siempre es firme, incluso en los continuos cruces por los ríos, siendo el caudal de agua o los frecuentes derrumbes de montaña lo único que pueden detener a un vehículo de doble tracción.
Esa sensación de prueba superada comienza a apoderarse de nosotros. También de cierta tristeza por tener que despedirnos una vez mas de estas regiones remotas que tanto amamos.
Una variante excelente para los mas aventureros. Una oportunidad de desviar el turismo hacia la pequeña localidad de Las Papas. Un atajo que reduce a la mitad de kilómetros la distancia entre las poblaciones de Antofagasta de la Sierra y Fiambalá.
Llegamos entonces al norte de la ciudad de Fiambalá,  en donde llenamos los depósitos con combustible y continuamos camino tratando de quedar a una distancia lógica de Buenos Aires, a donde debíamos llegar al día siguiente para cumplir con nuestras variopintas obligaciones, y en mi caso hacer los preparativos para mi viaje de reencuentro con la Patagonia.

La noche la pasamos en un hotel de Aimogasta, en la provincia de La Rioja. Nadie se cuido del colesterol durante la comida, y coincidimos en el éxito de nuestra travesía. Un grupo con gente de primera. ¡Gracias por tanto!

(Viene de acá)