lunes, 12 de octubre de 2015

Mina El Quirquincho y una serie de lagunas en Tinogasta

Habíamos llegado golpeados a Belén luego de nuestra visita de varios días al Bolsón del Pipanaco. Repuestos y bien dormidos repartimos los bártulos a las camionetas que seguíamos firmes y dimos inicio a una serie de cosas a resolver cada uno por su lado. Nos esperaban otras jornadas a pura aventura, en donde intentaríamos dar con antiguos restos arqueológicos, lagunas desconocidas y toda la incertidumbre que regala cada viaje a la Puna.

Día 5:

Desde la ciudad de Belén tomamos la legendaria Ruta 40 hasta El Eje y después la RP 43. El clásico camino que lleva hacia Antofagasta de la Sierra. Nuestro plan era seguir con esta expedición arqueológica que habíamos iniciado 4 días antes en Aimogasta, provincia de La Rioja y relevar algunos tracks para Viajeros4x4.com
En el camino nos detuvimos en el Museo Rural Comunitario de Barranca Larga, una nueva iniciativa de los pobladores de Barranca Larga (340 habitantes).
Allí básicamente explican todas las actividades que realizan los habitantes de esta región para su subsistencia y el modo de construcción para sus viviendas y corrales. Está muy bien mantenido y se aprecia el esfuerzo de su atento guía que hace de esta una valiosa visita.
Unos kilómetros mas adelante paramos a por un rápido almuerzo en el Almacén de Doña Pirucha, donde nuestro querido Aldo Lombardi nos contaba la historia de valientes arrieros y antiguos nativos de la zona que estábamos por recorrer. Para mi era una verdadera incógnita. No había podido encontrar información alguna sobre los sitios que estábamos por recorrer.

Proseguimos nuestro camino. Era pasado el mediodía y todavía no habíamos salido fuera del camino, cosa que hicimos a la altura de Pasto Ventura saliendo a una gran pampa apuntando hacia el lado de la Cordillera de los Andes para dar inicio a una nueva jornada cargada de aventura
A la hora de andar acampo traviesa nos topamos con un tractor. Era casi una imagen surrealista en el "medio" de la Puna. No se que planes tenía para hacer aquí, pero quien lo manejaba tuvo que caminar un buen trecho después de romperle el tren delantero.
Pampas de Pasto Ventura
Por gigantes pampas de altura (las Pampas de Pasto Ventura), de esas que nos recuerdan por que nos gusta tanto andar por aquí, fuimos siempre circulando por alturas cercanas a los 4.000 m.s.n.m. acercándonos a nuestros objetivos del día.
Aldo se protege del fuerte viento
El viento soplaba tan fuerte allí arriba que si dejaba mi camioneta en punto muerto esta comenzaba a rodar hacia atrás. Una locura.
Como en otra media decena de oportunidades, aproveché el paráte para orinar. Me puse de espaldas al viento e intenté hacer que mi chorro llegáse lo mas lejos posible, cuando un repentino cambio de aire dirigió una ráfaga de meo hacia mi cara. Menos mal que era el mío.
Por suelos rocosos de lava volcánica filosa, y por cuestas de 30º de inclinación, que a 4.000 metros de altura resultan mas difíciles, fuimos trepando algún que otro volcán sin otro fin que conquistar su cima y gozar de las buenas vistas intentando no salir volando. Si pretendíamos bajar, a las puertas había que abrirlas de a una y en forma sincronizada para evitar que salgan volando. En todos los días siguientes el viento fuerte y ruidoso sería un compañero inseparable y a la postre insoportable.
La temperatura había bajado varios grados. Por laderas de ceniza volcánica y arena floja íbamos circulando por la ladera de una montaña tapizada de coirones y con cierta inclinación lateral.

- "Guarda con la piedra", me dice mi buen copiloto Gabriel.
- "Si, si. La veo".

Claro que no pude ascender unos metros pues la arena me empujaba hacia abajo. Hacia la piedra.
- " ¡La puta madre!"

Intento sin éxito y con lógico cuidado pasar por sobre la piedra pero quedo trabada en ella.

El viento áspero estrellaba arena gruesa contra nuestros rostros. En menos de 5 minutos comprendimos que íbamos a necesitar ayuda de alguno de nuestros amigos si pretendíamos mover esa piedra. Las otras dos camionetas se encontraban algunos centenares de metros mas arriba. Tras el aviso por radio, Denis y Andy bajaron con músculos y alguna pala mientras Diego, Aldo y Eduardo seguían buscando la recta final que nos llevase hacia nuestra morada.
Mina El Quirquincho
Con la última luz del día llegamos al refugio de lo que era la Mina El Quirquincho (a 3.800 msnm), en donde pasaríamos la noche resguardados.

Las instalaciones de esta cercana mina abandonada desde los años 80 fueron parte de un plan llevado a cabo por la Compañía Minera Gavenda en una época en la que el ónix de Catamarca gozaba de cierto renombre, y tenía sentido explorar por mas vetas.
Desde 1930, la empresa de Salta se había dedicado a explotar vetas de ónix, que aunque se considera un tipo de mármol, este en realidad no es un mineral. Lo hizo durante 50 años antes de que cayeran los precios y el interés. Habíamos pasado varios de nosotros en el mes de enero de 2015 por la mina "Casa de Zorro", la mas grande de esas explotaciones (ver De campos minados, estaciones y cornisas ) de ónix en la Puna.
Andy, Aldo, Eduardo y Diego. Gente de primera. Nótese la bolsa de pan en la pared
Sentado en un rincón del refugio de la mina experimento un "mareo de tierra". No me sorprendía tras pasar varias horas en el auto circulando por terrenos accidentados y de planos inclinados. Aldo venía sufriendo del "Soroche" o mal de altura desde hacia varias horas pero suelta el comentario del mareo de tierra. Andy menciona estar padeciendo el mismo sentimiento. No tardé en darme cuenta que era la misma sensación previa a un terremoto que había vivido por última vez en marzo de este mismo año en la ciudad de Cartagena de Indias, en Colombia.

Cuando miro la bolsa de pan que habíamos colgado de un clavo esta se tambaleaba de lado a lado. Lo supe. Estábamos viviendo un sismo. Lo que no me quedaba claro era si debíamos abandonar el refugio ante peligro de derrumbe, o no salir al exterior hasta que pase el temblor. Tampoco me quedaba claro en que nos cambiaba estar a 3.800 m.s.n.m. y a muchas horas de la huella mas cercana.

Marcamos la hora (minutos después de las 20 hs), y tras salir a la civilización algunos días mas tarde pudimos comprobar que se trataba del terremoto de 8.3 grados de magnitud en la Escala Richter que tuvo lugar unos 180 kilómetros al norte de Valparaíso, en Chile.

Un calórico Puchero se estaba gestando arriba de la Coleman a nafta de Andy, la envidia de todas las demás cocinas de camping. Lo repartimos en dos o tres boles y comimos hasta casi vaciar la Marmicoc, la fantástica olla a presión que nos permitió comer alimentos cocidos que si no tardarían una eternidad en cocinarse a 3.800 metros de altura o mas, como comprobaríamos días mas tarde.
Decidí pasar la noche sentado en la camioneta y para protegerme del frío la puse contra uno de los muros del refugio. Otra noche larga e incómoda en la montaña esperando que se haga de día. Si podía dormir alguna hora, tanto mejor.
El mecanismo de cierre del portón trasero de la camioneta se había trabado, de modo que la puerta quedaba solamente apoyada. Un continuo "taka-taka-taka"me acompañó durante toda la noche. El golpeteo metálico y el frío que por debajo se colaba.

Mas de uno escuchó algo parecido al ronroneo de un motor diesel, lo que sabíamos era imposible en ese lugar, y cuatro horas mas tarde, pasada la media noche veo que mi linterna de minero colgada del espejo retrovisor de la camioneta comienza a oscilar con cierta violencia de lado a lado. Estaba ocurriendo una nueva réplica del terremoto en el cercano país vecino.
Día 6:

Al día siguiente del sismo todo parecía estar en su lugar. En cuanto el sol asomó por tras las montañas, todos gozamos un rato de su necesario calor divino antes de emprender una nueva jornada. Levantar campamento y entrar en calor nos llevó casi tres horas.
Al rato de salir fuimos avanzando por inmensas pampas de altura de esas que están solo tapizadas por algún ocasional coirón. Mas tarde por arenales. Íbamos en busca de mas restos arqueológicos de los antiguos nativos y de algunas lagunas fuera del radar.
Rodeamos entonces el "joven"  Volcan Rojo. Ahora el suelo cambia. Circulamos por sobre la lava expulsada alguna vez por los cercanos volcanes. Estamos en los Andes Centrales en una zona que se conoce como la Zona Volcánica Central.
Grupo de vicuñas - Foto de Andrés Pino
A nuestro lado pudimos ver numerosos grupos de vicuñas camufladas entre los pastos duros, y notamos una vez mas cuan bien adaptadas están a las mil dificultades de los territorios de la Puna.
Proseguimos hasta dar con Laguna sin nombre, la primera de una serie de lagunas altiplánicas prácticamente desconocidas que visitaríamos a lo largo del día. El lujo de ver lo desconocido.
En este tipo de lagunas, la mayoría de las veces uno encuentra grupos de parinas o flamencos en sus aguas salobres o alcalinas. Es su hábitat natural.
Tras las fotos de rigor continuamos nuestro camino hasta una laguna que figura sin nombre en algunos mapas, pero que figura como "Aguada de las Barrancas" en los del Instituto Geográfico Militar (IGM).
Tormenta de arena
El viento no paraba de soplar. La arena golpeaba con fuerza contra nuestras camionetas acumulándose en los burletes de las ventanas y dificultando nuestra visión.
Hasta que vimos en las pantalla de nuestros GPS que tras una gentil loma se encontraba la próxima laguna que buscábamos.
Al observar desde la cima a la Aguada de las Barrancas,  comprendimos el por qué de su nombre.
Tirarse dentro para cruzar por su superficie seca nos podría haber dejado ahí abajo por mucho tiempo. Esta vez no tenía sentido acortar camino por lo que la bordeamos durante algunos kilómetros.
En el intento de ir buscando algunos antiguos restos arqueológicos que el ojo afilado de Aldo ya percibía a la distancia. No tardamos en encontrar nuevas trampas de arena u otras dificultades que retrasaban nuestro paso. Veníamos comiendo tan bien que no queríamos perder la oportunidad de detenernos para un rico almuerzo.
Lo creímos posible cuando llegamos a un lugar que (creo) se conoce como "Puesto de los Sosa", una serie de corrales que se mantienen en buen estado de conservación.
El viento era demasiado, incluso dentro de las paredes del puesto, por lo que ese día desistimos de almorzar. Nadie quería comer arena.
Seguimos hasta la Laguna Pairique y volvimos a disfrutar de los flamencos. Mas tarde cuando llegamos a el Salar de Pairique, Aldo nos cuenta que por aquí pasaba la antigua huella que utilizaban en caravana los antiguos nativos para llegar a las poblaciones "cercanas" de Fiambalá o Saujil llevando burros cargados de sal que volvían por ejemplo con frutos secos.

A un costado una solitaria tumba de alguien que perdió la vida en un ojo de agua del salar.
foto Andrés Pino
Ya veía en el GPS cargado con los indispensables mapas de Viajeros4x4 que había una huella cercana, pero no apuntaríamos hacia ahí, si no todo lo contrario. Dimos una enorme vuelta intentando llegar a lo que en antaño fuera un puesto de observación nativo del cual tenía conocimiento Aldo.

- "Muchachos. Miren que el puesto no es la gran cosa. Me van a querer matar después. Mejor volvamos" dice Aldo Lombardi por la radio.

No le hicimos caso y nos metimos por supuesto en quilombo. Aldo nos estaba haciendo disfrutar a lo grande mientras compartía con nosotros sus conocimientos.

Desde ahí habría que buscar algún abra en la montaña que nos permitiese pasar al próximo valle, para desde ahí comenzar a emprender nuestro regreso. Con tanto viento no queríamos pasar la noche en el lugar inadecuado.
Cuando el sol acariciaba los filos mas altos de las montañas nos encontrábamos en una olla.  Las dos Toyota Land Cruiser habían podido subir una pendiente de arena muy suelta no sin gran esfuerzo, pero mi Toyota no tenía la fuerza necesaria. Mas no quería soltar el preciado aire de mis neumáticos ya que después me esperaban suelos de filosas piedras.

Tuve que realizar siete intentos, cada vez tomando mayor carrera para encarar la pendiente a la mayor velocidad posible. No había caso.
Para peor la camioneta volvía a calentar su motor por la cantidad de pasto acumulado en mi radiador. Aprovechamos una de esas paradas para desinflar los neumáticos y jugarnos así nuestra última carta.

El viento soplaba fuerte, ya lo dije. Golpeaba con fuerza las partes desprotegidas de nuestros cuerpos. Con la arena entrando a raudales en las orejas no lográbamos escucharnos con Gabriel.

Una vez dentro lo volvimos a intentar. Fue un  milagro haber sorteado esa subida. Lo logramos a puro acelerador, saltando por la arena y con la camioneta calentando nuevamente.

- "Muchachos. Ya estamos arriba".

En esos momentos uno se pregunta ¿Que nos trae voluntariamente a desafiar (con respeto) a la naturaleza? ¿Cual es la fuerza que nos arrastra hasta estas latitudes en donde uno toma conciencia de lo pequeño que somos, o de la vida misma?
La capacidad física ya es un límite. Un error o la mala fortuna nos puede costar la vida o dañar seriamente nuestros vehículos. Es duro e incómodo. Se requiere de buen temple y paciencia. De coraje y de autosuficiencia.

Sabemos como hacerlo, donde y cuando. ¿El porqué? Eso es un misterio, pero volveremos una y otra vez hasta descubrirlo.

Nota de autor:
Pocos días mas tarde de concluir esta expedición por algunas de las zonas mas remotas de las provincias de La Rioja y de Catamarca, sus lugares preferidos, la noticia mas triste. Nuestro querido amigo Aldo Lombardi falleció de manera inesperada dejando un enorme vacío entre todos los que tuvimos el enorme placer de conocerlo. Q.E.P.D.
Buen viaje, Aldo. Se te va a extrañar.