domingo, 10 de abril de 2016

Hacia la mina abandonada de Amaná (dia 3)

La idea de este tercer día de travesía era intentar llegar a unas antiguas minas abandonadas que hay en la provincia de La Rioja, y desde ahí proseguir nuestro camino por los mismos lugares que habitaron los primeros dinosaurios del planeta hacia nuestros verdaderos objetivos.

Casi no pegué un ojo esa noche en San Agustín del Valle Fértil así que a la mañana siguiente fui al primero en apersonarme en la mesa de desayuno del hotel en donde NO había dormido. Tuve que tomar varias infusiones para entrar en calor mientras mis compañeros de travesía iban apareciendo uno a uno y con caras de bien dormidos. (Viene de acá)
Tras actualizar algún que otro GPS y comprar un poco de pan fresco y una botella de Fernet partimos por la Ruta Provincial 510. No tardamos mucho en salirnos del camino ya flanqueados por esos cerros colorados que caracterizan tanto a la provincia de La Rioja, y que pertenecen a la misma cuenca geológica que el Parque Nacional Talampaya (al día siguiente andaríamos por su "patio trasero".
En la primer parte del recorrido abandonamos la provincia de San Juan y fuimos buscando el lecho de un río que nos permitiera avanzar a mayor velocidad y por el cual ingresamos a la provincia de La Rioja. Todavía nos rodeaban una buena cantidad de algarrobos y chañares.
Íbamos en busca de una vieja huella minera abandonada hace mas de 20 años que nos depositaría en una suerte de villa minera con dos bocaminas cercanos.

Poco después adivinamos por sobre un cerro una huella que no es la que estábamos buscando, pero que podría eventualmente acercarnos a nuestro próximo objetivo. Lo "único" que quedaba era subirla, pero a lo poco de andar vimos que nos iba a demandar cierto tiempo.
El camino presentaba varias partes angostas que nos obligaban a prestar mucha atención y dejarnos guiar por alguno de nuestros compañeros, para no poner nuestras ruedas en los grandes socavones provocados por dos décadas de lluvia o el vacío mismo.
A los poco de andar nuestra querida Elsa, quien venía al frente, comandando la caravana con Eduardo de Copiloto, destalona una de sus cubiertas delanteras intentando sacar la camioneta de una pequeña grieta del camino a la cual había caído.
No hubo forma de salvar la Yokohama Geolandar  que queda con un gran tajo en su lateral exterior. Nada que a Elsa le importe ni que pusiera en riesgo la continuidad del viaje.
La ubicación de la camioneta no deja mucho lugar para maniobras ni para cambiar el neumático con la mayor de las comodidades, pero tampoco teníamos otra opción.
Mientras tanto algún buen samaritano siguió ascendiendo a pata para ver que es lo que deparaba aquella huella mas adelante, volviendo con noticias de las malas. Era una posibilidad que ahora confirmábamos. Por allí no podríamos seguir, por lo que tuvimos que descender marcha atrás nuevamente hacia el valle.
Probamos otras variantes rodeados de estos valles en antaño conocidos como "Amanao", y que fueron habitados por la Cultura Aguada, de la que aprendimos mucho de la mano de Aldo Lombardi (Q.E.P.D.) en un posterior viaje en el que nos pasamos Buscando la ciudad perdida del Pantano.

No tardamos en dar con la huella que teníamos marcada, y que (aún no lo sabíamos) tras cierto esfuerzo físico nos dejaría en un lugar ideal para pasar esta tercera noche de travesía.
Claramente abandonada por el gobierno y la empresa que explotaba la mina durante la década del 90´, la huella requirió de constante atención. Por la gran cantidad de derrumbes de los últimos años hubo que mover piedras y cuidar los bajos de las camionetas cuando estas eran superables.

Con el sol pegando de frente en mi parabrisas sucio no pude leer correctamente el terreno cayendo en un socavón de considerable tamaño. El golpe del diferencial contra las piedras parecía como una campanada marcando exactamente las 13 horas.
Con un poco de esfuerzo físico colocamos algunas piedras sueltas bajo la rueda que quedaba en el aire a modo de otorgarme la tracción necesaria para salir de aquella trampa.
Seguíamos ganando altura. La huella todavía nos dejaba avanzar. A poca velocidad pero alejándonos de la civilización cada vez mas. Hubo tramos con piso muy suelto que solo pudimos superar con la ayuda de los malacates de nuestras camionetas.
Una hora mas tarde vuelvo a quedar colgado del diferencial, esta vez con dos piedras flojas en el camino que se empecinaron en no dejarme pasar. Nada grave. En dos minutos y con alguna nueva abolladura en mis bajos estaba pronto.
Paramos a almorzar en cuanto el camino nos dio la oportunidad (la única parte ancha) ya sabiendo que "nos nos daba el día" para conocer las minas abandonadas y proseguir nuestro camino en el que intentaríamos llegar a la localidad de Pagancillo.
Repusimos energías de la mano de unas ricas milanesas con ajo, papas fritas y berenjenas, todo hecho al disco con maestría.
Hacia las 15 horas proseguimos nuestro avance por un camino angosto en exceso y en donde en varios momentos hubo que bajar de las camionetas para mover piedras que bloqueban la antigua huella. Algunas enormes y sólo negociables con un poco de dinamita, que claro está no teníamos.
Foto Elsa Ons
Nunca pegaríamos la vuelta salvo que sea estrictamente necesario. En alguna oportunidad quise mover una de las piedras grandes con poderes adquiridos en los monasterios de Laos, pero no me fue posible.
Tuvimos que bajar todos los hombres. Ya saben: "La unión hace la fuerza", y siguiendo con la Tercera Ley de Newton pudimos correr la maldita roca afuera de la calzada.

Habíamos avanzado hasta entonces muy pocos kilómetros por este camino ascendente y de buenas vistas pero que obligaba a ir siempre atento.
Villa Minera
Cuando divisamos las instalaciones de la Mina Amaná fue reconfortante. Aún quedaban dos o tres horas de luz por lo que nos acercamos hasta donde nos fue posible en las camionetas pasando por arriba de arbustos tan altos como nuestros capots, y cuando ya no podíamos avanzar continuamos de a pie hasta la antigua bocamina desde donde se extraía Basalto, dando mano de obra a todo un pueblo que desde entonces lucha por sobrevivir.

Estoy francamente agotado como muchos en el grupo. Para ese entonces ya sabemos que lo mejor es pasar la noche en las instalaciones de la mina ¿Hubo acaso otro plan?
Cuando volvimos de las entrañas de la antigua mina nos dispusimos a conocer las instalaciones de la Villa Minera en donde vivían los trabajadores, muchos de ellos, según pudimos constatar mas tarde, habían llegado desde Bolivia.

A excepción de casi todos los vidrios rotos, las cosas están en el mismo lugar en el que se encontraban 30 años atrás. Todas las casillas de los obreros aún se encuentran con su mobiliario original. En varias de ellas es posible ver tapas de las revistas "El Gráfico" con los jugadores de River Plate levantando la Copa Libertadores de América de la mano del Beto Alonso, pósters de vedettes de la época como Monica Guido, Edda Bustamante o Beatriz Salomon, y cosas por el estilo que afirman que todo en este lugar está como detenido en el tiempo.
Por suerte el camino hasta aquí es difícil, si no los "amigos de lo ajeno" ya se hubieran robado todo el remanente mobiliario de las instalaciones, pero son pocos los que han llegado hasta aquí, y bien identificables.
Suite delux 
Cada uno se buscó un lugar en donde pasar la noche. Dos en carpa y bajo techo, uno en la camioneta y el resto en algunas de las casillas para obreros. Yo encontré una que supongo era para algunos de los jefes de la mina, ya que contaba con dos o tres habitaciones y hasta una chimenea.
Intuía que mi buena suerte no iba a ser tal. Había logrado unir dos camas en donde colocar mi colchón infalible de plaza y media. Había restos de madera seca en la zona así que hice un fuego para enfrentar la fría noche que se venía.
Como dicen los americanos "too good to be truth". El cuarto se llenó de humo y tuve que hacerme de un nuevo lugar para dormir, esta vez en el comedor, pegado a una ventana sin vidrios que pude parcialmente cubrir utilizando una mesa.
La comida de esa noche empezó temprano y vino acompañada de muchas risas. Incluso festejamos el cumpleaños de Panastas con todos los elementos que debe acompañar una circunstancia tal.
Elsa se copó haciendo unos huevos con panceta y cebolla que fueron regados con generosas dosis de vino tinto para ir paliando el frío.
Tras ordenar todo y levantar nuestra basura nos fuimos sin mas a dormir. En mi caso fue mas complicado ya que estuve siempre acompañado por el ronquido de don Eduardo Cinícola. Lo mas loco es que en dos momentos de la noche me levanto y veo que por la ventana me observaba alguien sonriendo. Uno con gorro y facciones indígenas. Era imposible que haya llegado otro humano hacia aquí sin que lo advirtiéramos, sin embargo días mas tarde al ver las fotos, aparecía en una de ellas….

El relato sigue aquí >>>>> La Quebrada de Ikebana