jueves, 14 de abril de 2016

La Quebrada del Alacrán (dia 5)

Los pumas se comieron los restos de comida que habíamos dejado sobre la mesa. Sus huellas estaban alrededor de nuestras carpas.
Fui el primero en despertar esa mañana en el medio de la Quebrada del Alacrán, como algunos conocen a este lugar. Reavivé el fuego de la noche anterior para calentarnos y desayunar. Al rato mis compañeros me hicieron notar la enorme roca que posaba en una delicada posición "casi" a punto de caer, varios metros arriba de donde había puesto mi carpa.
Huellas de puma
(El relato viene de acá: La Quebrada de Ikebana )
Tan pronto como las 9.30 AM estábamos listos para comenzar un nuevo recorrido en el que pretendíamos descubrir nuevos paisajes y continuar nuestro intento de llegar a la Cuesta de Miranda por fuera de los caminos. Claro que todavía nos restaba negociar con varios "angostos".
El aventurero Eduardo Cinicola
Por si no recuerdan los lectores, habíamos pasado la noche en uno de los vistosos cañones del lugar.
Habiendo avanzado tan sólo 700 metros desde donde habíamos armado el campamento dimos con el primero de los varios y temidos "angostos" del día.
¿Podremos pasar?
Ya sabemos que no, pero sigamos hasta asomar las narices que el lugar es espectacular. Tampoco es que habíamos llegado aquí por pura casualidad.
Con mucho cuidado y lentamente fuimos pasando una a una las camionetas que entraban mas que justas entre esas altas paredes de basalto. Veníamos disfrutando "a full".
Tras algunos kilómetros avanzados entre estos finos paredones de la quebrada llegamos hasta el cuarto y último de esos "angostos".
De alguna manera podíamos lidiar con ese medio metro de pared que sobraba, y hasta "exprimir" las camionetas en nuestra ambición por continuar superando estas series de angostos, pero algunos cientos de metros mas adelante se formaba un "cuello de botella" directamente imposible de contemplar.

Retroceder nunca rendirse. Eso fue lo que hicimos poco a poco, marcha atrás, y sin dañar las camionetas. Una vez vueltos al lugar del campamento pudimos pegar la vuelta para volver a salir, pero de frente nuevamente hacia el lecho del río, el cual transitamos por aproximadamente 2.000 metros para meternos en la Quebrada del Alacrán, la cual es impracticable para un vehículo de cuatro ruedas.
Justo antes de salir fuimos interceptados por los Guarda Parques del vecino Parque Nacional Talampaya. Al principio había mala onda. Nos creían cazadores furtivos y nos acusaban de transitar por dentro del extenso espacio Patrimonio de la Humanidad protegido por la UNESCO y la Administración de Parques Nacionales, con todo lo que eso significa a nivel legal.

Les explicamos nuestros objetivos de seguir por fuera de los caminos hasta la provincia de San Juan y dejamos bien en claro que sabíamos perfectamente por donde habíamos estado circulando, y eso siempre fue por fuera de Talampaya, aunque esta vez estábamos muy cerca del límite mismo.

Guarda parques y expedicionarios, todos compartíamos la misma pasión por la naturaleza y las aventuras y el aire libre. Era hora de un apretón de manos y que nos dejen continuar nuestro periplo. Antes tenía unas últimas palabras para nosotros:

- "Les tengo que advertir  que no van a poder pasar por donde pretenden. Es imposible. No tengo la autoridad para prohibírselos pero quiero instarlos a que por favor me hagan caso y no sigan".
Tras salir de la zona de los "angostos" transitamos nuevamente unos kilómetros por el lecho del río de La Caída intentando llegar a otro río seco que corre en paralelo a unos 3 kilómetros de donde nos encontramos, pero del otro lado del cañadón.

De mientras íbamos tratando de avanzar por los "claros" que cada tanto presentaba ese terreno saturado de plantas espinosas que no paraban de rechinar contra las chapas y vidrios de nuestras camionetas.
Separamos el grupo. Dos camionetas por lado iríamos buscando alternativas para llegar al próximo lecho de otro río, y también relevando algunos Tracks para Viajeros Mapas , pero el talco fino y anaranjado, el menor de los escollos del día, presenta trampas que cada tanto retrasan nuestro avance.

Pensar que hace millones de años algunos de los dinosaurios mas viejos caminaban por este mismo lugar.
Cuando llegamos al lecho de este segundo río paramos a almorzar bajo la sombra de un viejo algarrobo.
Entre algunos miembros del grupo se nota un cierto malhumor, pero este fue desapareciendo al mismo tiempo que las rodajas del último salamín que nos quedaba.
Todos veníamos con nuevos daños en nuestras camionetas, y en mas de una oportunidad tuvimos que detenernos para sacar ramas espinosas enganchadas en los bajos de nuestros vehículos. En mi caso tenía una clavada en el radiador, y que no me animaba a sacar por temor a una fuga de liquido.

En mi caso aproveché también para cargar el último de los bidones de Gasoil que había llevado.
Hay detalles que me privo de contar, pero para esa hora ya estábamos casi abatidos físicamente. Al margen de esto teníamos que repostar Gasoil, faltaba agua, y comida, pero los que nos preocupaba a algunos es que también nos estábamos quedando sin vino.
Una vez prontos seguimos cruzando transversalmente por la maleza durante unos pocos pero tediosos kilómetros buscando el lecho de un pequeño río que presentaba una arena bastante pesada. Lo seguimos hasta donde se desdibujaba completamente, no dejándonos mas alternativa que la de pasar por sobre la vegetación, así "a lo macho" como habíamos estado haciendo previamente.
Panastas otea el horizonte
El escenario se presentaba cada vez mas cerrado. Los ejemplares de Breas y Chañares (y algún que otro ocasional algarrobo) eran cada vez mas gruesos y difíciles de superar con la sola fuerza motriz, por lo que no nos quedó otra alternativa que la de abrirnos paso a "machetazo limpio".

Nada nos garantiza que nuestro esfuerzo sea vano y podamos superar este escollo y continuar nuestro camino hacia la Cuesta de Miranda sin la decepción que significaba volver por nuestras huellas, y para colmo arañando nuestras camionetas a mas no poder.
Cada tanto el terreno presentaba algunos claros donde aprovechábamos para re encontrarnos visualmente y descender de nuestros vehículos, sólo por que ahora era posible abrir las puertas. Cada uno iba por su lado tratando de encontrar el modo de sacarnos a todos.
Manejando a 4 kilómetros por hora significaba que íbamos demasiado rápido para el tipo de terreno que íbamos sorteando a nuestro paso. En los claros (y en todos lados) abundan los cactus de esos tipos pelota regados por todo el suelo y muchas piedras sueltas que todo el tiempo nos recordaban que además de resignado había que ir atento.

Fue otro día largo luchando contra los obstáculos a bordo de nuestros bólidos. A las 17.25 horas teníamos a Denis encajado en algún lugar de la maleza, y a Panastas con una nueva goma pinchada (todos terminaríamos con nuestros neumáticos pinchados o "con suerte" solo desinflados).
Al cabo de un tortuoso avance por el resto de una completa hora llegamos a una suerte de "mirador" desde donde podíamos ver el lecho del próximo río que debíamos alcanzar. El último tramo que nos restaba hacer para salir a la civilización.

El único detalle es que este lecho se encontraba unos 80 metros por debajo de donde estábamos nosotros, pero con un paredón mediante, de pronunciada bajada, y que para hacer las cosas mas difíciles está formada por piedra bola.

El cansancio era generalizado, las opciones casi nulas. Las ansias por salir, estando tan cerca del asfalto, pueden (potencialmente) dar lugar a malas decisiones.
Me mantenía bastante al margen de la conversación ya temiendo que íbamos a dejarnos caer por la barranca, pese al peligro que supone la maniobra en una bajada tan empinada y con el suelo sumamente flojo. Nos quedamos evaluando cual era la forma mas segura de descender hasta el lecho del río. En "Fila India" y haciendo uso de los malacates tendríamos mayor control, pero la tarea demandaría horas.
Protección para la pintura de su vehículo
A esta altura,volver por el agotador bosque espinos no era una opción. Había sido un castigo para la pintura, los neumáticos y las partes de nuestros vehículos. El chinar de las ramas nunca dejaría de acompañarnos a lo largo de la jornada.
Panastas trajo unas "capturas de pantalla" y haciendo una lectura satelital del terreno consigue hacernos llegar a una bajada mas segura desde donde pudimos finalmente bajar al lecho del río sin volcar ninguna de las camionetas.'
Una vez abajo lo transitamos con sumo placer, luego de haber andado todo el día a bajísimas velocidades acompañados de constantes sacudones que batían violentamente nuestros chasis y cuerpos.
Claro que esa alegría, y esa sensación de "autopista" que nos regalaba el lecho del río duró muy poco. Veníamos con el sol de frente y los vidrios sucios, y no tardámos en descubrir de la peor manera que algunas piedras en el lecho eran de gran tamaño y por ende de temer. También había unas lenguas de agua que podrían habernos jugado una mala pasada, pero no les dimos la oportunidad de estorbar.
A los pocos kilómetros de transitar por ambos lados del lecho del río dimos con un "Puestero" que nos dejó usar su subida personal (o salida del río). Previamente charlamos por un rato, intercambiando información de la zona y antes de seguir le dejamos todos nuestros víveres.
Ya estábamos con una pata afuera.
(Continuará)