miércoles, 13 de abril de 2016

Quebrada de Ikebana (día 4)

Nos levantamos en las instalaciones de la mina abandonada con las arenas congeladas y un sol tímido que tapizaba los cerros circundantes recién a las 9 AM. Nuestro plan para el día era recorrer sectores que se encuentran por fuera de las 215.000 hectáreas protegidas del Parque Nacional Talampaya, con paisajes obviamente parecidos y unas quebradas que, al menos desde Google Earth se veían muy prometedoras. (Este relato viene de acá).
Tampoco es que moría de frío, pero en "27" oportunidades tuve que re acomodarme en mi bolsa de dormir para protegerme del gélido viento que se colaba por ese comedor sin ventanas de la mina abandonada de Amaná. El precio que uno paga para no armar la carpa y/o poder estirarse durmiendo mas cómodo que en el asiento de la camioneta, aunque ahí uno siempre tiene la posibilidad de prender por unos minutos la calefacción, muchas veces causante de una casi inmediata sensación de confort.
Mientras tomábamos alguna que otra infusión esperábamos con ansias que el sol llegue a nuestro sector del campamento, la Villa Minera (abandonada) de Amaná, pero eso nunca sucedió. Hubiera querido calentar mis huesos al sol por un rato cual lagartija, pero la incertidumbre de cuanto tiempo nos demandaría nuestro objetivo del día no nos daba lugar para ese tipo de lujos.
A lo poco de arrancar pasamos un área tupida de vegetación en donde abundaban los zanjones de diferentes profundidades ocultos entre los matorrales, y que obligaban por ello a extremar el paso.
En una docena de oportunidades tuvimos que "pegar la vuelta" buscando otras variantes, pues la profundidad de las zanjas (y había cientos de ellas) no permitían nuestro paso.

Cabe destacar que estos días, los últimos de otoño, resultan ideales para recorrer esta parte de la provincia de La Rioja que en los meses de verano puede tener temperaturas que rozan lo insoportable. Estas oportunidades de estar "el momento justo en el lugar adecuado" me encantan por que me permiten relacionarme con mas profundidad con el entorno que me rodea.
Rodeado por los cerros colorados y uno de los extremos del Parque Nacional Talampaya seguimos avanzando relevando la (ex) "XX 41" de Viajeros Mapas . Una "XX" es poco mas que una huella imaginaria e inexistente, muchas veces descubierta "a la distancia" a través de fotos satelitales, y que podría eventualmente transitarse en un vehículo de doble tracción. Desde el sitio preferido de los aventureros se estimula a los expedicionarios a acercarse para verificar y relevar el paso por donde podrán llegar futuros visitantes a zonas que han sido  como mucho vagamente exploradas.
Mientras iba avanzando a ritmo relajado callando a mi panza ruidosa (tardo en tener hambre), veo que Denis y Tobhias,  a la cabeza de la caravana habían encontrado una suerte de huella que podía potencialmente cruzarnos al otro lado de un abra.
El objetivo era ir a campo traviesa buscando la forma de acercarnos al asfalto de la "Cuesta de Miranda" o en su defecto a la ciudad de Chilecito, ambas en La Rioja.
En un momento fue necesario parar para lograr entender por donde es que teníamos una potencial alternativa para salir. Desde un plano elevado era más fácil de entender. Lo que vemos en la foto superior parece una letra "A" pero en realidad es "Profe" Eduardo Cinicola explicando las "posibilidades" de sortear la geografía circundante. Claro está que primero íbamos a intentarlo por donde era menos practicable.
Sólo entonces subimos por una huella de poca pendiente por la que buscamos la manera de sortear uno de los abras que nos rodeaban, pero esa eventual alegría duró "lo que un pedo en una canasta".
Veníamos todos juntos en caravana y no tardamos en descubrir que por ahí no iba a ser posible seguir avanzando, ya que una serie de profundos socavones se mostraban infranqueables, al menos para una 4x4. Había que jugar alguna de las otras cartas y continuar buscando alguna otra manera de llegar a la Cuesta de Miranda, que al día de hoy se encuentra asfaltada.
Entre "pitos y flautas" se nos pasó toda la mañana buscando la forma de hacerlo posible.
Puntuales como unos suizos llegamos a las 14 horas a un puesto en donde nadie nos recibiría. Pudimos constatar que el mismo sólo es usado durante algunos días cada año, en la época de las "Veranadas".

Muy cerca el lecho de un río, del cual pudimos tomar un poco de agua. Estamos a "solo" 30 kilómetros del asfalto, pero sabemos que al camino será largo.
Para ese entonces las ramas de los múltiples ejemplares de árboles, todos ellos  espinosos, y que son tan característicos de esta zona ya nos habían sumado un millar de rayas a nuestras camionetas, nada que fuera comparable a lo que se vendría en los días venideros.

En uno de esos momentos de silencio que tiene toda expedición alguien comenta por la radio:
- "Lo bueno de este viaje es el poco Gasoil que venimos consumiendo".
- "Claro" -contesta otro- " es que sólo hicimos 32 kilómetros en 2 días".
Con la falsa pero certera sensación de que nos íbamos acercando cada vez mas a la ruta por los costados del Parque Nacional Talampaya mas parecido tenía con sus partes mas espectaculares, con paisajes igualmente dignos de ser admirados por las grandes masas.

En el lecho del Río de la Caída (así aparece en Viajeros y en los mapas del Instituto Geográfico Militar) hicimos un almuerzo tardío antes se seguir bordeando el parque nacional. Hicimos bien por que no tardamos en encontrar arenales pesados tipo "Fesh fesh", de esos con suelos muy flojos que obligan a exigir al máximo los motores y transmisiones de nuestros vehículos, en especial cuando se está rodeado de árboles en terrenos que no nos permiten ganar mayor velocidad.

Como para sacarle mas provecho al simple hecho de haber llegado hasta aquí (en verano y en otras varias circunstancias no sería posible) decidimos dividir el grupo en dos para explorar todo cuanto sea posible, sólo para juntarnos nuevamente donde el lecho se vuelve a separar. Seguimos juntos hasta el final del brazo mas corto y al no poder continuar volvimos por nuestras huellas hasta la intersección de varios kilómetros antes para tomar el otro camino posible en busca de la Quebrada de Ikebana.
La Quebrada de Ikebana fue bautizada así por el recietemente fallecido Federico Kirbus, uno de los periodistas de divulgación científica más importantes de la Argentina, amigo de mis amigos, gran promotor de la Ruta 40 y descubridor de varias docenas de sitios a lo largo y ancho de nuestra geografía. Aquí en la provincia, casi en el límite con Chile hay un cerro de 6.168 m.s.n.m. que lleva el nombre de "Sargento Federico" en su honor.
Don Federico ya le había contado a Eduardo Cinicola que el no la había podido pasar por los angostos de esta quebrada, lo habíamos visto en las fotos satelitales e incluso teníamos datos de primera mano de moteros amigos, uno de los pocos que habían estado aquí antes, pero de puro cabezas duras que somos tuvimos que acercarnos para comprobarlo en persona. De todos modos los paisajes que veníamos viendo bien valen una visita. Guardo muy buenos recuerdos de estos lugares.
Con las últimas gotas de luz fuimos avanzando a menos velocidad de lo que camina un hombre por estas quebradas de gran belleza que habíamos estado admirando durante todo una hora. Caminando fue que vimos las primeras huellas de pumas y una luna casi llena que se iba asomando por entre los cerros.
Barajamos todas las alternativas a sabiendas que los angostos mas angostos se encontraban unos kilómetros mas adelante. Incluso buscamos la posibilidad de hacerlo por arriba de las "terrazas" tipo pasillo que nos acompañarían también durante parte del día siguiente.
La verdad que fue muy divertido. A esta altura ya habíamos penetrado lo suficiente de estos cañones, pero para poder poner marcha atrás y dar la vuelta íbamos a tener que adentrarnos mas aún. De todos modos íbamos a continuar hasta donde nos fuera imposible seguir. Y un poco mas allá, también….
La noche no tardo en presentarse entre esas quebradas que requerían de toda nuestra atención al volante. Sólo faltaba el sonido de un lobo aullando a la luna.
En una parte ancha del cañadón encontramos algunas ramas secas y decidimos que era el lugar ideal para hacer el campamento. Se que son sólo unos minutos, pero que fiaca espantosa me da armar la carpa de noche, embocando las varillas en los "cositos" esos, atrayendo bichos con la luz de mi linterna mientras trato de destrabar el puto cierre de la puerta. Luego queda inflar el colchón (a veces ni), y sólo cuando tiro adentro mi bolsa de dormir, mi almohada inflable y una botella de agua es que me siento fenomenal, pues en el fondo me encanta dormir en carpa.
Un lindo fuego nos sirvió para cocinar un rico locro e iluminar el ambiente. Una vez mas pasamos la velada entre risas y anécdotas (y alguna que otra copa de vino) bajo un manto de estrellas y en un lugar que creíamos seguro.

Continuará….