domingo, 13 de noviembre de 2016

Buscando El Pilciao (o roturas en la Vieja Estación de Huaco - día 3)

Teníamos tanta tierra encima aquella vez, que todos nos pegamos dos duchas antes de salir a comer. La noche resultó de lo mas amena pese a que el grupo estaba separado en tres. Estábamos los que comíamos sobre la plaza principal de Andalgalá, tratando de evitar la invitación a un locro que ya llevaba dos días de fermentación, la antagónica "banda del locro" y los imparciales que se quedaron en el hotel reponiendo energías tras una jornada emotiva y bastante larga por El Tucumanao.

La noche resultó bastante larga y quienes no habíamos pinchado gomas en la jornada anterior pudimos dormir un poco mas y gozar de un largo desayuno mientras esperábamos que las dos TLC regresasen de la gomería. Una vez juntos salimos del hotel para seguir recorriendo la zona. En esta oportunidad iríamos en busca de El Pilciao, una vieja explotación minera hoy desaparecida en la espesura del monte, y para la tarde continuar nuestro camino hacia las yungas, pasando por la Cuesta La Chilca (Catamarca) y mas tarde por la Cuesta del Clavillo, que discurre serpenteante entre las provincias de Catamarca y de Tucumán.
Primero hicimos un poco de turismo convencional en la Vieja Estación de Huaco, que perteneciera al Ferrocarril Central Norte Argentino y que hoy es propiedad del Ferrocarril General Belgrano. Aquí terminaba el Ramal A4 de 130 kilómetros de largo, que unía las ciudades (y cabeceras) de Mazán (Departamento Arauco, en La Rioja) y la ciudad de Andalgalá, en Catamarca.
Este tren fue el primero de trocha métrica construido por el estado con el fin de ahorrar costos en su afán de ir uniéndolo con los ramales ya existentes (construidos por los ingleses). Funcionó desde 1910 hasta 1976 como un tren convencional de pasajeros. Luego funcionó unos pocos años mas, esta vez como tren de carga y ya nunca mas volvió a pasar, pese a que desde entonces hubo innumerables proyectos para reactivar su servicio.
La Estación de Huaco es muy bonita y de buena manufactura con materiales importados de Francia. A diferencia de tantas otras del país (en especial las primeras) ya no se trataba de montar estructuras de madera o chapa pre fabricadas e importadas desde Inglaterra, si no de efectuar una manifestación propia de una nación que se mostraba ambiciosa.

La estación que se encuentra en Huaco, un poblado distante a unos 4 kilómetros del centro de Andalgalá, pero que parece conformar el mismo núcleo urbano. Recientemente fue remodelada tras el abandono y hasta un principio de incendio. Para ello contaron con la "ayuda desinteresada" de la Minera Agua Rica, unos viejos conocidos de los habitantes de Andalgalá que tantas veces los denunciaron por vía judicial por la contaminación comprobada de varios de los ríos de la zona.
Adentro de la estación, y como para sacarle provecho, funciona la Biblioteca "La Huaca", en donde se realizan talleres comunitarios de teatro, tango entre otras actividades.
Todo muy lindo pero había que seguir con el itinerario, y fue allí cuando fue descubierta una rotura en el flexible de freno delantero de la Land Rover Defender (falla certificada #178).
Nadie quería tener a la Defender de Pablo atrás y sin frenos en los caminos de montaña, no vaya a ser que nos tire a todos por los caminos de cornisa. Por supuesto que tampoco queríamos que sea el fin de la travesía para los muchachos de Tucumán. A sabiendas de que no íbamos a conseguir el repuesto salimos a ver si conseguíamos algo parecido para hacer una adaptación y salir del paso. Con ayuda de un morrudo vecino que se presentó voluntarioso arriba de una motocicleta de baja cilindrada conseguimos a quien acudir, y tras casi tres horas de trabajo bajo los rayos de un sol cada vez mas fuerte, en donde los muchachos se lucieron nuevamente con su ingenio, pudimos ponernos en marcha nuevamente. Un breve retraso pero que todavía no hacía peligrar los planes del día, como sí sucedería con otros acontecimientos que se iban a presentar mas tarde.
Como le debía varias horas de sueño a mi cuerpo, debo admitir que prefería estar acá, bajo la sombra de un frondoso y espléndido Aguaribay (Schinus Areira), que enterrando la camioneta en el fesh-fesh y tratando de no perder la visión y otras partes adentro del espinoso monte.

Estábamos prontos así que desde la Vieja Estación de Huaco salimos en busca de El Pilciao, una antigua explotación minera y maderera en medio de un gigante algarrobal a "sólo" 25 kilómetros del centro de Andalgalá, en donde aún quedan visibles entre el monte, algunos de los hornos utilizados para el emprendimiento, y muchos restos de carbón que dan testimonio de la presencia humana.
Había 37 grados acusando en los termómetros de las camionetas antes de emprender una sana caminata de dos horas, y de que el sol siga subiendo. Arriba de esos montículos de piedras oscuras y calcinadas de El Pilciao (que significa "algarrobo" en idioma Kakán) la temperatura seguramente era superior. Si nos quedábamos quietos, parecía que se derretían nuestras zapatillas, y eso que apenas estábamos en una primavera bastante fresca para los promedios habituales.
De este emprendimiento era dueño el multifacético Samuel Alejandro Lafone Quevedo, quien había vuelto desde Inglaterra para ocuparse de la Mina Capillitas (rodocrosita) propiedad de su familia. Inicialmente se había interesado en este gigante algarrobal para nutrirse del combustible necesario para la explotación minera de Capillitas, pero luego le fue encontrando nuevas utilidades a este lugar, el cual uso como escenario para darle forma a un sueño.
Ha de haber sido muy dura la vida del trabajador de aquel entonces en un sitio tan inhóspito, y mas a finales del siglo XIX, cuando se pagaban miserias por las jornadas. Sin embargo en El Pilciao sucedían algunas cosas que en otros sitios no. Lafone Quevedo había construido una suerte de pequeño reino donde él era la máxima autoridad. Aquí vivía en un área de 800 metros cuadrados en medio del gigante algarrobal, en donde además de su casa había otras varias en hileras capaces de albergar a 500 obreros y sus respectivas familias. En El Pilciao había una farmacia, pequeños comercios, varios hornos, una escuela y una iglesia.

Aunque su padre lo hizo protestante, cuando volvió a la Argentina, Samuel Alejandro Lafone Quevedo se hizo Católico Apostólico Romano, y una de las primeras construcciones de El Pilciao fue justamente una iglesia, en donde impartía clases de religión a los habitantes del algarrobal.
De todas estas construcciones no hay (o al menos no las encontramos ni sabemos de su existencia) restos visibles. Se los comió el monte o no se exactamente que es lo que ha pasado con ellas.
En El Pilciao se impartían clases de música, poniendo énfasis especialmente en el violín (instrumento aún y solamente popular en la provincia de Santiago del Estero). Incluso el emprendimiento llegó a contar con su propia orquesta, idea probablemente tomada de las reducciones Jesuíticas que hasta un siglo atrás abundaban en América.
El sueño de la explotación, del desarrollo, de los nuevos desafíos (por que no olvidemos que estos tipos eran pioneros) o incluso de la posibilidad del reino propio de El Pilciao dejó de existir una madrugada de 1894, cuando sumido en una crisis económica que había comenzado "tan solo" cuatro años antes, Samuel Alejandro Lafone Quevedo dijo basta y se vio obligado a desprenderse de varias de sus posesiones en Catamarca,  no teniendo otra alternativa que la de aceptar un puesto y mudarse a La Plata (capital de la ciudad de Buenos Aires), en donde se desempeñó eficientemente como decano de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de La Plata, mientras escribía varias de sus obras (imprescindibles para tantos), haciéndose paralelamente cargo también del Museo de La Plata.
El drone de Eduardo volaba en círculos sobre el monte buscando restos de El Pilciao, o cualquier otra cosa que resultase de interés. Algunos recolectaban piedras, otros estaban a punto de perderse y tratando de no pincharse con las espinas.

Como aún había que continuar camino hacia Tucumán, con parte del grupo nos adelantamos hacia la Vieja Estación de Huaco a la espera del resto, a modo de evitar un poco la gran cantidad de polvo que levantaba nuestro paso. Allí, frente a la estación esperamos y cuando nos juntamos nuevamente y estábamos prontos a salir, siento que no podía doblar las ruedas de mi camioneta. Tocaban en todos lados, incluso sobre lo plano del asfalto, al cual había llegado sorpresivamente. Tras mirar un poco los bajos embarrados de la camioneta logro ver una rotura en el vástago del amortiguador, o sea la "cosa esa" que lo une con el resto del conjunto de suspensión. No podía ni avanzar ni dos metros. La camioneta estaba caída de trompa. Una segunda rotura ese mismo día y otra vez al frente de la vieja estación.
¡Cosa é mandinga!
Los muchachos "me hacen la segunda" yendo a todos los talleres mecánicos existentes en Andalgalá a ver quien podía hacerme salir del paso mientras nuevamente esperaba en la plaza, esta vez no tan a gusto y con el amargo sabor de boca de un viaje que puede terminar así de rápido, como un chasquido de dedos.

Conseguir un amortiguador australiano nuevo en estas latitudes era imposible, si es que apenas se consiguen (y con trabajo y por encargo) en Buenos Aires, por lo que no quedaba mas alternativa que la de reparar el vástago del existente, o volver a casa 1.400 kilómetros arriba de una camilla.
Gracias a la eficiente gestión de Gaby que se recorrió todo el pueblo conseguimos un taller para la mano de obra, en donde rápidamente desarmamos las partes, y otro taller en donde se hizo la soldadura con teflon del amortiguador.

Ahora sí que el día estaba perdido. Habiendo terminado el trabajo cerca de las 20 horas, lo que mas sentido tenía era dormir nuevamente en Andalgalá.
Hicimos unas compras y en unas muy lindas cabañas tiramos unas buenas carnes a la parrilla. También estuvo presente la "amenaza" del locro de Gaby, que ya tenía "vida propia" y saltaba burbujeando pues llevaba tres días fermentando al sol.

Entre cervezas, helados y risas se nos pasó la noche. Al día siguiente íbamos a tener que "meterle pata".
Yo cruzaba los dedos por que la reparación del amortiguador me aguante hasta el final de la travesía, y un poco más. La verdad es que anda regio, por lo que de momento seguirá rodando.