domingo, 21 de mayo de 2017

Fin de Semana Santa en Misiones

Una nueva visita a la provincia de Misiones. Esta vez fuimos dos parejas en un viaje relámpago aprovechando los feriados de Semana Santa.

Partimos bastante puntuales a las 14 horas desde Palermo. Aún era un buen horario, pero la salida de Buenos Aires se presentaba bastanta cargada. En menos de tres horas habíamos cruzado el puente Justo José de Urquiza sobre el Paraná Guazú y nos subíamos a la nueva Ruta Nacional 14, que ahora cuenta con dos manos por lado y pavimento en mucho mejor estado.  Se puede viajar a un mayor promedio de velocidad y de manera mas segura.
Con alguna paradita en el camino terminamos llegando a la ciudad de Chajarí (Entre Ríos) con el tiempo justo para encontrar un hotel en donde dormir y un restaurante en donde comer. El cuarto de hotel era un poco húmedo pero la ducha de gran presión todo lo compensaba.

Al día siguiente continuamos camino hacia la ciudad de Oberá desde donde desviamos recorido hacia la Ruta Provincial 103 a modo de tomar unos kilómetros mas tarde la muy escénica Ruta Provincial 2, que corre a al vera del río Uruguay frente a las muy cercanas costas de Brasil.

Tras cargar combustible en El Soberbio y hacernos de unas cuantas botellas de vino continuamos nuestra ruta por 45 kilómetros mas hasta el camino de tierra que hace de desvío a Colonia La Flor, y ya de noche tomar los últimos 11 kilómetros sólo aptos para vehículos de doble tracción hasta este complejo de cabañas a la vera del Arroyo Paraíso. Llegámos a oscuras pero con el tiempo suficiente de pegarnos una ducha antes de comer.
Había estado unos días en Don Enrique Lodge seis o siete años atrás. En esa opirtunidad coincidí con Gustavo Castaingh (fotografo) y su madre Bachi, antiguos dueños y responsables del emprendimiento. Esta vez había cambiado la administración del sitio, y si no me equivoco eramos los primeros huéspedes de esta nueva camada.
Don Enrique Lodge cuenta con 4 cabañas construidas inegramente con maderas de la zona. Cada una de esas cabañas cuenta con dos decks de madera para relajar en una hamaca paraguaya o en alguna de sus cómodas reposeras mirando correr las aguas del Arroyo Paraíso y del gran macizo verde de la Reserva de Biósfera Yabotí, que parece caer encima de tanto verde tupido que se ve impenetrable.

Un house hace de living general y de comedor. Aunque no hay señal de teléfono aquí tienen wifi, aunque no anduvo del todo bien, ni esta ni la vez anterior. En este lugar los huéspedes disfutarán del sistema de pensión completa ofrecida por el lugar.
Esa primera noche de Jueves Santo éramos 11 los huéspedes ocupando tres de las cuatro cabañas.
Comimos con el sabor de la comida casera hecha con amor y elementos de la zona. Muy rico todo pero enseguida me di cuenta que la propuesta gourmet del Don Enrique de antes había perdido un poco de nivel. Nos acompañaba una pareja en una escapada de amor y un matrimonio con tres niñas. Todos visitaban Don Enrique por segunda vez.

El silencio del entorno inundado por olor a jazmín y la cama súper cómoda y de buena blanquería fueron lso ingredientes justos para un reparador descanso.
Sabíamos por una noticia de un diario local con un mes de antiguedad  que el caudal de agua del río Uruguay era muy elevado, razón por lo cual era poco probale una visita a los Saltos del Moconá
pues estos quedan tapados por el agua y no se ven. Tras llamar por radio VHF al parque provincial confirmamos que estaban abiertos, por lo que terminamos con tranquilidad el desayuno en la mesa del deck exterior y salimos, como quien dice, por el camino largo, a modo de poder disfrutar un poco de la tierra colorada y el amplio crisol de verdes que ofrece la provincia.

Tras andar unos kilómetros por la Ruta Provincial Nº2 en dirección norte nos metimos en la RP21 que no es mas que una picada que se interna en e monte, y que corre paralela a la RP 15, la que hay que tomar para ir a Colonia La Flor y el lodge de Don Enrique. Al llegar a un sitio que en el mapa figura como Mesa Redonda, el camino se divide en dos. Seguimos hacia la derecha viendo si de casualidad podíamos hacer un detour que nos depositara nuevamente en la RP2. Tras andar unos 20 kilómetros llegámos a un puente donde nos detuvimos a apreciar un centenar de mariposas que hacían lo suyo, y se esmeraban en no dejarse fotografiar.
El camino se tornaba mas angosto y el GPS me decía que moría allí, un poco mas adelante en mitad de las sierras de Misiones. Esta vez no tenía sentido seguir. De regreso nos cruzamos con 12 camionetas. Era un grupo de guías de San Vicente acompañados por entusiastas del 4x4 que estaban realizando una travesía solidaria llevando alimentos no perecederos a la (ahora lo confirmabamos) aldea guaraní que se encontraba al final de la huella.
En el Parque Provincial Moconá no nos cobraron entrada por que el personal estaba de huelga, protestando contra el "traslado involuntario de un compañero".  En el edificio central sacamos los tickets para el paseo en lancha ($180 cada uno, o unos USD 12), y nos acercamos en vehículo hasta el estacionamiento sito a 200 metros del muelle desde donde salen las embarcaciones.

En Buenos Aires veníamos de unas semanas con un otoño de inéditas temperaturas bajas. Aquí en Misiones rozaba los 30 grados y la humedad me hacía acordar como pega aquí el sol en verano.
No tardamos mas de 10 minutos en llenar la lancha y comenzar el recorrido por el río Uruguay. El río que aquí toma forma de serpiente nunca se aleja tanto de Brasil, siendo este sector uno en donde las costas de ambos países están especialmente cercanas.
Esta vez me tocó un asiento en el medio de la embarcación. Pese a que casi mido dos metros, desde esa ubicación es poco lo que se puede ver, y la posibilidad de tomar fotografías es casi nula. De todos modos ya había visitado los saltos en un mejor momento, y me contentaba que mis amigos disfruten del paseo y de este capricho de la naturaleza (se trata de una gran falla longitudinal que provocan estos saltos que por dos kilómetros o mas corren paralelos al río en una suerte de cañadón).

Terminamos el recorrido a las 15 horas. Por suerte esta vez el capitán de la lancha no nos había zambullido bajo las aguas de alguno de los saltos, así que secos como estábamos decidimos almorzar en el restaurante del lugar. A la siempre presente mandioca la decidimos acompañar con pacú, un familiar de la piraña que sabe muy bien , en especial con mucho jugo de esos limones misioneros que cuyo interior es de un naranja infernal.
En el camino de regreso pasamos por algunas otras posadas, por curiosidad y para saber que oferta existe para una próxima visita a Misiones.
Siempre me gustó la provincia pero no fue hasta conocer los alrededores de El Soberbio que comencé a fantasear con la idea de tener una pequeña casa de madera a la vera de alguno de los muchos arroyos de la zona. Esta visita sólo me daba ganas de hacerme un tiempo para venir a recorrer el área pero con ojos de comprador.
En el camino nos detuvimos a ver una casita de madera en lo alto de la sierra, simpática y con vista a un pequeño lago. Cuando nos estábamos por ir llegó al lugar Daniel Martins, el dueño de la casa y (oh casualidad) constructor de las cabañas de Don Enrique Lodge, de muy buen gusto. A la vera del camino charlamos un buen rato y cuando nos dijo que estaba trabajando en Don Enrique quedámos en vernos al día siguiente, en donde nos pasearía por una serie de terrenos como para mantener viva la fantasía y saber a que hay que atenerse ante un proyecto en este lugar tan singular del territorio argentino.

Nuevamente llegámos con el tiempo justo para pegarnos una ducha y relajar un rato en el deck de nuestras cabañas antes de compartir mesa con los otros huéspedes del lodge. La familia se había retirado así que sólo quedaba una pareja de Posadas, la capital provincial.
Comimos bien como cada una de las noches, y nos fuimos afuera a terminar la botella de vino. La noche estaba muy pesada y cada tanto interrumpía nuestra charla una breve sinfonía de truenos, e incluso la lluvia acompañaría nuestro sueño con su ruido sobre el techo de chapa de las cabañas.
El día sábado lo íbamos a pasar entero en Don Enrique. En el lugar ofrecen una serie de caminatas tanto por sus dominios como por la Reserva de Biosfera Yabotí, que como un  gigante de 250.000 hectáreas asoma al otro lado del Arroyo Paraíso en donde están emplazadas las cabañas.
Tras el desayuno salimos con el guía/mozo Marcos, quien se esmeraba en enseñarnos sus conocimientos de la selva en su "Portuñol" (mas portu que ñol) cerrado. Durante casi dos horas estuvimos caminando por un sendero que nos hizo transpirar e incluso resbalar en algunas ocasiones. En el recorrido pudimos ver una colorida y temida víbora Coral, pero no llegámos a desenbolsar lo suficientemente rápido nuestros teléfonos móviles para capturarla en una fotografía.
Como si no hubierámos estado ya cansados, todavía quedaba trepar las empinadas escaleras de un mangrullo que hay en la propiedad. Claro que valió la pena. Desde arriba se obtienen las mejores vistas y además noes esperaba un termo con agua caliente y un mate ya preparado que previamente había depositado el guía Marcos.

Las chicas, con claro mejor estado físico que los hombres se fueron a hacer una excursión de tres o cuatro horas a la Reserva de Biósfera Yabotí. En canoa partieron. Del río salía humo lo que acrecentaba el misterio. Esta vez irían acompañadas por el guía Eliseo, baqueano y mano derecha del lodge desde sus inicios, y con quien había hecho un recorrido similar por ese mismo lugar unos años atrás en un caluroso verano.
Los hombres nos juntamos con Daniel Martins y nos fuimos a visitar dos terrenos que vendían por ahí, también a la vera del Arroyo Paraíso. Tuvimos que hacer alguna vuelta de mas y circular por pastizales de mas de un metro de altura buscando la desaparecida picada (huella precaria) abierta en la selva. Ya en los lugares uno puede darse cuenta del colozal esfuerzo que hay que realizar para preparar el sitio de una casa en medio de una naturaleza exhuberante, que parece crecer y avanzar cada minuto.

De casualidad llegamos al mismo momento que las chicas, sólo que estas estaban todas transpiradas y con barro hasta las rodillas. Esta vez éramos los únicos huéspedes del hotel así que nos mimaron con unos jugos que tomamos allí mismo. Hicimos fiaca en el living durante algunas horas antes y después de comer. Afuera llovía.
Domingo ocho de la mañana arrancamos hacia Buenos Aires. Esta vez debíamos hacer todo el trayecto de un saque, por lo que no habría paradas en el camino, y teníamos un ETA cercano a medianoche. Claro que hubo paradas y también el tráfico típico de un domingo de fin de semana largo, pero logramos llegar en 14 horas, felices de unos días muy lindos y entre amigos en esta provincia que parece otro país.