jueves, 4 de diciembre de 2014

Un gran susto

Recién nos bajábamos de su camioneta cuando me pongo a caminar por el medio del campo con un viejo amigo. A los pocos metros de andar piso un nido del cual salen un montón de alborotados abejorros, un tipo de abeja primitiva muy agresiva.
No se si lo saben, pero cuando atacan estos bichos, o cualquiera de sus parientes como los mangangás, lo mejor es no moverse. Quedarse lo mas quieto posible.

Por lo general, en situaciones de stress, la cabeza me funciona muy bien, pero estos bichos habían salido a matar. Los tenía por todos lados.

Revoloteaba mis manos bajando abejorros mientras contradictoriamente trataba de quedarme inmóvil. Los bichos me iban picando con la misma velocidad en que una pistola tarda en dispararse, y me hacían agazapar en los altos pastos, entre dolor, derrota y una alta graduación de ardor.

Un abejorro se había colado por dentro de mis pantalones e iba camino a mis testículos. Yo trataba de sacarlo hacia abajo mientras otros seguían sobre volando y picando mi cabeza que hasta ese momento creía dura.

Quedarme quieto resultaba imposible.
Al principio.

Ese día trabé. No recuerdo otra ocasión en la que mi instinto de defensa haya desaparecido de tal manera. Mi cuerpo quedo inmóvil. No podía siquiera pensar. Podría haber muerto ese día tirado ahí en el medio de la nada, si hubiera estado solo, como tantas veces, como casi siempre. Podría haber muerto, pero ese día estaba mi amigo Dani.

- "Dale, boludo. Metete en la camioneta. Vamos Johann!" - Me dice Dani.

Atacado, aturdido y reducido por los gordos y violentos insectos voladores seguí la lógica de mi amigo, y me metí como pude en su camioneta. Atrás mío, algunos bichos mas.

Mi amigo Dani prende la camioneta y sale acelerando a campo traviesa, saltando entre montículos y cuevas de animales, mientras tanto tratábamos entre los dos de ahuyentar y hacer salir por la ventana a aquellos bichos que me habían seguido hasta el habitáculo del carro.

Cuando llega al camino de tierra, Dani hace flamear, casi flotar a su vehículo. En ese exacto momento, cuando me mira, yo sentía que mis cejas se hacían pesadas. No dijo palabra pero su cara de pánico confirmaba que algo andaba mal.

Me miro en el espejo y veo que mi frente toda estaba cayendo por sobre mis ojos. Como si se estuviera derritiendo. La mitad inferior de uno de mis brazos era tan ancha como mi pierna. La mitad de la otra mano estaba gorda como una manzana. No podía cerrar el puño y sentía que mi piel hinchada iba a explotar, tenía que explotar si es que no fallaba antes mi corazón, o la glotis que se me entrecerraba dificultando mi respiración.
Estábamos a 30 kilómetros del "hospital" mas cercano. Poco mas que una sala de primeros auxilios.

-"Pará, Dani. Bajá un poco la velocidad que nos vamos a matar". - le digo a mi preocupado querido.

Aparentemente me inflamaba mas rápido que nuestra velocidad de punta, pues al verme mi amigo, parecía un fantasma de lo blanco que estaba, y no disminuyo un ápice el avance de su veloz marcha, que era del orden de unos 160 kilómetros por hora en pista de tierra floja.

Para cuando llegamos al hospital ya estaba hecho un monstruo. (Vuelvo a empezar:) Para cuando llegamos al hospital, casi no podía respirar. Mi glotis estaba cerrada, y estaba hecho un monstruo.
En la guardia del hospital había accidentados y enfermos, pero ninguno en el estado crítico en el que me encontraba, por lo que cuando llegué, llamé con fuerza dos veces a la puerta para que me atendieran los médicos de urgencia. Para ese punto ya tenía claro que mi vida estaba corriendo serio peligro.

No puedo olvidar la cara de la doctora cuando abrió la puerta. Sus ojos se agrandaron como la puerta misma, invitándome a pasar con urgencia a la sala.

Me clavaron varias inyecciones de Decadron u otras, y un poco de suero inmunológico, y se aseguraron de que las corticoides surtieran efecto, y de que mi respiración sea la correcta ates de abandonar la sala.

Mi amigo Dani se quedó a mi lado y mas tarde me llevó de regreso a casa. Allí se aseguró de que estuviese bien, y a salvo.
Ese día dormí casi 24 horas, mientras me recuperaba de las 15 picaduras en mi cuerpo, mas una docena en el cuero cabelludo, por que estas bastardas tienen aguijón de acero y todo lo atraviesan.

Ese día se lo debo a mi amigo Dani, que me salvo la vida. Ese día y mucho mas.
Hoy se cumple un mes de la muerte de mi amigo Dani. Un tipo noble, leal, trabajador, buen amigo y querido. Un tipo honesto, generoso, que siempre estuvo a mi lado en los peores momentos.
No lo puedo creer. Lo voy a extrañar cada día. Yo no lo pude salvar.
Q.E.P.D.