Nuestro segundo día en Belgrado amaneció con un sol pleno, radiante y generoso, así que caminamos la veintena o treintena de cuadras que nos separaban de uno de los templos ortodoxos más impresionantes del planeta: la Catedral de St Sava. Desde lo más alto de una gran planicie a 134 metros de altura, no pasa desapercibida. Y esa era la idea en un primer lugar.
En 1894, en el 300 aniversario de la quema de las reliquias de San Sava por parte del Imperio Otomano se decide conmemorar al Patrono de Serbia con un monumento que sea el mas grande de la ciudad.
Si ya desde el exterior la Catedral de St Sava (inspirada en Hagia Sofía, en Turquía) logra impresionar, a veces uno no está preparado para lo que aguarda el interior del templo del otro lado de su puerta. Es como entrar en otra dimensión, en un club de muy pocos miembros.
Nada te prepara del todo para entrar a St Sava. Si por fuera es monumental, en el interior uno entiende el concepto de grandiosidad, y es que los trabajos en sus interiores corta la respiración por su asombroso trabajo.
Cada vez que uno eleva a la vista a la cúpula y se encuentra con la colosal figura de Cristo, rodeada de un diseño tan bello y espectacular, y de una precisión milimétrica, es un silencio absoluto, especialmente para quienes gustamos del arte bizantino moderno, pues aquí alcanza su máxima expresión.
La sensación de amplitud que uno siente dentro de San Sava es sencillamente sobrecogedora como en pocos templos en el mundo. El domo está suspendido a 64.8 metros del suelo y la catedral mide 91 metros de largo y tiene 81 metros de ancho. En su parte exterior más alta alcanza los 78.3 metros de altura.
Los trabajos en el interior del templo comenzaron recién en 2016, más de un siglo más de lo planeado. Con un coste superior a los 100 millones de Euros lograron por fin terminarlo en plena pandemia durante 2020.
Prácticamente cada centímetro cuadrado de las paredes y bóvedas está cubierto por millones de teselas diminutas de vidrio y de oro. Los vidrios altos permitían que se filtre la luz solar devolviendo un brillo dorado que envolvía todo el espacio de una atmósfera celestial y cálida.
El descenso a la cripta es otra revelación. Si la nave superior asombra por su gran altura y volumen, este espacio subterráneo deslumbra por su opulencia y detalle. Fascinan los techos profusamente decorados al estilo de los antiguos monasterios serbios y lámparas de araña que parecen sacadas de un cuento dinástico. Esta cripta que abren de tanto en tanto se siente como un verdadero y deslumbrante tesoro bajo tierra.





