jueves, 11 de junio de 2026

La Catedral de St Sava en Belgrado

Nuestro segundo día en Belgrado amaneció con un sol pleno, radiante y generoso, así que caminamos la veintena o treintena de cuadras que nos separaban de uno de los templos ortodoxos más impresionantes del planeta: la Catedral de St Sava. Desde lo más alto de una gran planicie a 134 metros de altura, no pasa desapercibida. Y esa era la idea en un primer lugar.

De lejos se veía como una gran mole blanca, pero a medida que nos fuimos acercando lograba sorprender primero por su escala exterior y pulcritud del conjunto, y luego magnetizar con su imponente fachada de mármol blanco resplandeciente que obligaba a entrecerrar los ojos.

En 1894, en el 300 aniversario de la quema de las reliquias de San Sava por parte del Imperio Otomano se decide conmemorar al Patrono de Serbia con un monumento que sea el mas grande de la ciudad.
Cuarenta años más tarde pudieron dar inicio con las primeras partes de la construcción que se detuvo con la Invasión a Yugoslavia por parte del Ejército Alemán en 1941. Los alemanes utilizaron este espacio como estacionamiento, y lo mimo hicieron más tarde el Ejército Rojo y el Ejército Popular Yugoslavo. Mientras tanto la Catedral de St Sava seguía inconclusa por décadas y décadas.
Si ya desde el exterior la Catedral de St Sava (inspirada en Hagia Sofía, en Turquía) logra impresionar, a veces uno no está preparado para lo que aguarda el interior del templo del otro lado de su puerta. Es como entrar en otra dimensión, en un club de muy pocos miembros.
Nada te prepara del todo para entrar a St Sava. Si por fuera es monumental, en el interior uno entiende el concepto de grandiosidad, y es que los trabajos en sus interiores corta la respiración por su asombroso trabajo.
Cada vez que uno eleva a la vista a la cúpula y se encuentra con la colosal figura de Cristo, rodeada de un diseño tan bello y espectacular, y de una precisión milimétrica, es un silencio absoluto, especialmente para quienes gustamos del arte bizantino moderno, pues aquí alcanza su máxima expresión.

La sensación de amplitud que uno siente dentro de San Sava es sencillamente sobrecogedora como en pocos templos en el mundo. El domo está suspendido a 64.8 metros del suelo y la catedral mide 91 metros de largo y tiene 81 metros de ancho. En su parte exterior más alta alcanza los 78.3 metros de altura.
Los trabajos en el interior del templo comenzaron recién en 2016, más de un siglo más de lo planeado. Con un coste superior a los 100 millones de Euros lograron por fin terminarlo en plena pandemia durante 2020.
Prácticamente cada centímetro cuadrado de las paredes y bóvedas está cubierto por millones de teselas diminutas de vidrio y de oro. Los vidrios altos permitían que se filtre la luz solar devolviendo un brillo dorado que envolvía todo el espacio de una atmósfera celestial y cálida.

El descenso a la cripta es otra revelación. Si la nave superior asombra por su gran altura y volumen, este espacio subterráneo deslumbra por su opulencia y detalle. Fascinan los techos profusamente decorados al estilo de los antiguos monasterios serbios y lámparas de araña que parecen sacadas de un cuento dinástico. Esta cripta que abren de tanto en tanto se siente como un verdadero y deslumbrante tesoro bajo tierra.

Sentarse en uno de los bancos laterales a mirar a los fieles fue un punto cúlmine de la tarde. Salir a las soleadas calles de Belgrado había dejado una certeza, y es que este segundo día en la ciudad ya se había convertido en un recuerdo imborrable del viaje, y es que San Sava no es solo un logro de la arquitectura o un monumento histórico que sobrevivió a décadas de interrupciones y desafíos.