viernes, 17 de mayo de 2013

Un regreso de terror desde las islas Phi Phi

Había sido una noche difícil y diabólica en Phuket, pero teníamos comprado el primer turno a uno de estos tours que van a las islas Phi Phi.
Un minibus nos recogió en nuestro hotel de Patong Beach y seguimos hacia el puerto buscando parejas por aquí y por allá. Todos estaban cansados y en silencio en esa insólita fría y lluviosa mañana.

Un desayuno seco e incomible lleno de moscas estaba a disposición de los clientes, que ya, picados por la emoción, comenzaban a recibir las instrucciones, los equipos de snorkeling, etc.
Con unas pulseras  nos asignaron un speedboat y nos acercamos al populoso muelle. Había dejado de llover y el cielo parecía querer abrirse entre las nubes.

Eramos un grupo de 22 personas en su mayoría jóvenes y parejas de todos los rincones del mundo cruzando miradas ya que sentados no se veía hacia afuera, razón por la cual permanecí parado en popa.

El celeste del cielo aparecía firme entre nubes a veces plomizas. La rica brisa marina y las aguas turquesas del mar prometían un día perfecto.

Phi Phi es un archipielago compuesto por islas e islotes que se encuentran al sur de Tailandia en el mar de Andaman (o mar de Birmania). La zona cobro especial protagonismo a partir de la película de Leonardo Di Caprio "The Beach" y se convirtió en un multitudinario lugar que 
creció sin control alguno, especialmente después del Tsunami del 2004.

La degradación es evidente.
Los primeros mareos se evidencian manifestándose en formas de vómitos, y eso que recién habíamos salido y el mar todavía se mostraba calmo y discreto.

La primer parada programada era una playa (Long Beach) a la que no pudimos bajar por la imposibilidad de acercarnos a sus costas por la turbulenta corriente. Nadie se animo a ir nadando pues sus aguas están, además,  atestadas de tiburones.

Seguimos navegando hacia otras de las atracciones: Monkey Beach. Si bien aca tampoco pudimos descender a sus playas, no nos privamos de tirarle frutas a los monos que llamaban nuestra atención desde una pared de rocas grises, y que muy habilmente agarraban con peligrosos y controlados saltos. Caer al agua no parecía importarles. Un poco de distracción a un viaje que ya empezaba a tener contras.

Phi Phi Don es en donde vive la mayoría de la gente de aquí. Pescadores.
Sus facciones son diferentes a la del Tailandés tipo y se acerca mas al tipo Malayo. También son musulmanes, como los primeros en llegar a la isla.

Seguimos navegando hacia  Phi Phi Le , la isla deshabitada, alejándonos cada vez más de la bahía. En uno de los extremos de la isla conocimos un lugar llamado "Vikings cave" . Bastante choto.
Entre sus paredes vive un tipo de pájaro cuyo nido, si señor, su nido, es usado para hacer un tipo de sopa muy popular y apreciada por estos lados.

Seguimos navegando pegados a la costa y nos internamos en un fiordo para intentar hacer un poco de snorkeling. El lugar era un asco. Lleno de gente pataleando en el agua en un lugar bastante reducido. Las aguas estaban bastante turbias, amén de estar muy contaminadas. Una evidente capa de aceite flotando en la superficie.
El lugar tiene cierta fama como destino de buceo, por lo que supongo no tuvimos suerte con el día, aunque era plena temporada baja.
El escenario en sí es muy lindo con sus escarpadas y dramáticas paredes.
El speedboat continuó su marcha hacia Maya Bay, la más famosa playa del país. Podríamos bajar por algunas horas. Recibiríamos además un almuerzo que ya habíamos pagado en Phuket.

Ya desde lejos se derrumbó mi sueño de encontarme allí con el paraíso. El mar estaba lleno de botellas plásticas. Pensé en ese momento que las mismas eran arrastradas por las corrientes marinas quizás desde la India o quien sabe de donde.
Cuando estábamos acercándonos a la arena para atracar el panorama empeoró. Había decenas de embarcaciones y varios cientos de personas caminaban por sus, alguna vez, blancas arenas.

Con un poco de ayuda descendimos al horror y lo íbamos confirmando a cada paso. La playa es muy chica como para tirarse un rato a disfrutar, y la gente está bastante apretada. No hay lugar para todos. Ni siquiera para tomar una buena foto.

Salimos a recorrer la isla durante una  hora y comprobámos que no tienen la más mínima conciencia ecológica. Todo el lugar esta lleno de latas y botellas, algunas semi enterradas. Pañales, bolsas plásticas, lo que se imaginen. Si vimos un tacho de basura en la isla es mucho. Continuamente reciben quejas de los turistas pero a nadie parece importarle. La misma tripulación de los barcos arrojan todo al mar sin más.
El lugar es muy bonito, de eso no hay duda, pero para disfrutarlo uno tendría que estar solo y luego de que un batallón de voluntarios limpien la zona de toda su basura.
Que suerte haber pasado solo un día aquí, ya que se me paso por la cabeza en algún momento dormir aquí algunas noches. Que desepción me hubiera llevado!

Almorzamos bajo un gran tinglado en un especie de buffet . La comida estaba muy bien y fue reconfortante. También el hecho de haber podido bajar a tierra firme. Especialmente para los que ya veníamos mareados.
El almuerzo duro unas dos horas y por alguna razón nuestro barco tardó en salir. Creo que no encontraban a unas chicas o algo así.
El cielo se puso negro de golpe y un  fuerte y frío viento mojado comenzó a soplar. El capitán se veía serio y preocupado, pero no parecía sufrir el frío que yo estaba teniendo bajo mis ropas mojadas.

Logramos salir y enfrentamos el mar. Al cabo de unos pocos minutos la embarcación empezó a sacudirse y a pegar violentos saltos que requerían de toda nuestra atención. Las olas rompían contra el barco y el agua generosa se iba metiendo.

Para ese momento ya estaban todos con sus chalecos salvavidas puestos y una o dos bolsas de vómito en sus manos. Cada tanto se abalanzaban desde babor y estibor a un tacho de basura que había en el medio de la nave. Llegar no era fácil y suponía uno o dos raspones en rodillas y codos ya que uno llegaba volando.

Las olas seguían golpeando y la sal del mar hacía llorar nuestros ojos y dificultaba la visión. Además estábamos todos empapados y hacía un frío para el que nadie estaba preparado.

Un Francés que estaba en el piso gritaba dolorosamente. No se que le pasaba pero ese tipo estaba sufriendo mucho. No era el único.

Tras dos horas de salvaje navegación volvimos a Maya Bay. No lo podía creer. ¿Por que estábamos después de tanto esfuerzo de nuevo en la isla?


El capitán se comunicó con sus superiores en el puerto. Las condiciones de seguridad no estaban dadas para regresar a los pasajeros sanos y salvos a Phuket.
Llovía fuerte y estábamos todos preocupados y con nada de ganas de volver a subirnos al barco.
Averigué por mis medios la posibilidad de quedarme en la isla por mas caro que fuese el lugar y volver en algún otro momento después de esta tormenta en plena época de monzónes. No tuve suerte. Era imposible.

Tras otra hora en la isla, el capitán cumplió con la orden de sus superiores y decidió embarcarnos a todos nuevamente. El Francés sufriente había desaparecido, y ví como lo obligaban, muy en contra de su voluntad a abordar el barco nuevamente. Momento incómodo. Los demás pasajeros no sabíamos como reaccionar y solo queríamos volver al calor y seguridad de nuestros hoteles.

Repartieron pastillas para no vomitar y ajustámos nuevamente nuestros salvavidas.

Salimos al mar nuevamente y a toda velocidad ya que no quedaban mas de dos horas de luz. La gente rezaba y lloraba. Un árabe tomaba las manos de su mujer por bajo la Burka y también la de una chica rubia sentada a su lado necesitada también de contención.

Una irresponsabilidad por parte de la empresa operadora la de enfrentarnos a tan singulares eventos.
Yo miraba las piedras del mar como calculando todo el tiempo a donde poder llegar nadando en caso que el barco se de vuelta. Las chances eran pocas o nulas.

Las olas seguían entrando con fuerza y la situación ya era indigna. La gente toda vomitada y algunos hasta se habían cagado encima. El pánico era real y todos nos sabíamos entregados a la buena de Dios.

El Francés seguía gritando desconsoládamente. Sangraba por debajo y lloraba ya sin lágrimas. El resto todos acuclillados ya sin fuerzas en el piso deseando un pronto fín a tanto martirio. Uno de esos momentos en los que uno se siente tan insignificante y humano como todos los demás, habiendo compartido nuestros miedos y destino.
El olor metálico de la sangre permanecía en la atmósfera. Todo tipo de deposiciones humanas corrían por el piso del barco de lado a lado.

Horas mas tarde ya entrada la noche llegamos a calmas aguas nuevamente. Se veía entre las pocas luces un muelle más chico que aquel del cual habíamos partido. Los pasajeros comenzaron a pararse pisándose los unos a los otros ya desesperados por abandonar el barco. Un mísero espectáculo.

Pensé que no sobrevivía a esta aventura. Me sente un rato a esperar la gente bajar y a mirarme las heridas en la pobre luz. Otra vez Dios me había acompañado. Gracias.